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Un desaparecido menos. Continuemos la batalla por la memoria histórica


Hace dos años, y después de muchos tiempos de búsqueda, conocí que mi abuelo Pedro Béjar García había sido asesinado en el cementerio de Torrero en Zaragoza. El expediente había llegado hacía poco al Archivo Histórico de Zaragoza desde la prisión de Zuera, donde están los archivos de la antigua prisión de Torrero. No hay mucho interés en actualizar los datos y, de hecho, el expediente de mi abuelo llega recortado, lo que indica que alguien ha eliminado una parte. Los expedientes llegan con cuentagotas.

El expediente consta de un documento que informa del ingreso en prisión el 24 de julio de 1936, y el «alta», el 24 de noviembre de ese año. Ya me adelantaron en el archivo que lo del alta es un eufemismo con el que se definía la entrega a la Guardia Civil para su fusilamiento. Luego aparece un informe forense en que se atestigua su muerte por un tiro en el parietal. No es un tiro de frente ni de espalda. Parece ser el tiro de gracia que recibían todos los fusilados, muchos de ellos vivos, porque los miembros del pelotón a veces disparaban mal a propósito.

En el cementerio de Torrero, en una fosa común, están enterrados 3.543 fusilados. La mayoría lo fueron en el año 36 en plena locura criminal por parte del Ejército, la Guardia Civil, requetés, carlistas y Falange. De estos 3.543, según censo elaborado y publicado en el libro de Casanova, “El pasado oculto”, hay 600 sin identificar. De hecho, cualquiera que visite el cementerio de Torrero puede apreciar que en muchas placas del memorial no hay nombre. Espero que, poco a poco, vayan apareciendo los datos de algunos fusilados, como ha sido el caso de mi abuelo.

Mi abuelo era minero nacido en Riotinto, Huelva. Vivía en Madrid donde se casó y tuvo tres hijos, y en 1935 se trasladó a Cáseda, Navarra, para trabajar en el canal de las Bardenas. Vivían en barracones cerca de la obra y estaban de huelga cuando el golpe militar del 18 de julio triunfó en esa parte de Navarra y en buena parte de Aragón. Huyeron un grupo de trabajadores a Sos del Rey Católico donde fueron detenidos y, seis días después, ingresaba en la prisión de Torrero con otras doscientas personas.

La acción criminal alcanzó niveles delirantes en Aragón en los primeros meses del golpe de Franco. De los 3.500 fusilados la mayoría lo fueron en los primeros meses. Y muchos de estos primeros fusilados por medio de un juicio sumarísimo, sin consejo de guerra, sin defensa ni nada. De los demás, a partir de 1937 conocemos su historia a través del cura de la prisión, Gumersindo de Estella. Un relato de horror.

Los detenidos en la prisión de Zaragoza fueron fusilados en el cementerio casi a diario. Y enterrados en una fosa común, de donde se sacaron los restos de la columna Sanjurjo. El resto sigue en el cementerio de Zaragoza.

La Ley de Memoria Democrática desgraciadamente no va a cumplir con las exigencias del movimiento memorialista de verdad, justicia y reparación. Todos los criminales y ladrones franquistas se han ido de rositas. La Ley de Amnistía de 1977 es una losa que ha atrapado incluso a quien osó investigar, como es el caso de Baltasar Garzón, que incluso terminó expulsado de la carrera judicial. No están en el Gobierno, pero siguen en el poder. La última gracia de estos franquistas es la de derogar leyes de memoria histórica en varias comunidades, la de Aragón, por ejemplo. El franquismo desgraciadamente anida en las instituciones. Jueces, militares, policías y la Iglesia siguen siendo feudos del franquismo en su mayoría. La Ley de Amnistía de 1977 fue una ley de punto final. ¡Y los fachas se quejan de la amnistía a los del procés!

A pesar de prohibirlo en la Ley de Memoria Democrática, siguen por todas partes los monumentos franquistas a la victoria o a los caídos. En Madrid el Arco del Triunfo, en Zaragoza trasladaron el monumento al cementerio desde la plaza del Pilar, pero ahí sigue. En Navarra, las asociaciones memorialistas piden derribar el Monumento a los Caídos, frente a los intentos de resignificar este horror monumental. No hay reconciliación que valga que no sea sobre la base de acabar con el pasado franquista y no de cambiar sus usos para que permanezca el monumento que no ocasiona más que recuerdos de un pasado criminal y en buena parte impune.