Ander Rodríguez Lejarza
Exparlamentario de EH Bildu

¿Fin de la pobreza en Euskadi?

La publicación de la Encuesta de Necesidades Sociales (2022. En adelante, ENS) ha traído consigo un sinfín de titulares en los que Euskadi parece encontrarse en la antesala de la desaparición de la pobreza. Si bien es cierto que algunos datos señalan que las formas más extremas de pobreza parecen haberse reducido, una lectura no sesgada de la ENS nos devuelve una Euskadi donde la desigualdad sigue siendo una asignatura pendiente. Tal vez sea precipitado hablar de cambio de ciclo, pero, desde luego, el conjunto de las políticas públicas requiere ampliar su población diana.

Antes de nada, conviene aclarar que la ENS es una herramienta de medición tan buena como compleja. Esta complejidad responde a los múltiples indicadores que recoge para acercarse a la realidad de la pobreza y la ausencia de bienestar. Sin el debido acompañamiento (no contamos, de momento, con el «Informe de resultados»), hay riesgo de perderse en una jungla de datos que, en ocasiones, pueden resultar aparentemente contradictorios. Lo que sigue a continuación es solo un pequeño acercamiento a toda la información que se puede extraer de los datos contenidos en la ENS.

Hasta el momento, el acompañamiento que hemos tenido para sumergirnos en el océano de la ENS ha sido la nota de prensa enviada por el Gobierno Vasco. ¿Es cierto el titular que afirma que la pobreza se ha reducido en la CAV? Sí, es cierto. Al menos, si solo tenemos en cuenta uno de los indicadores de la ENS: «pobreza y precariedad real». Este indicador divide a la población en cuatro posiciones: pobreza real; otra ausencia de bienestar, bienestar con riesgo; bienestar casi completo y completo bienestar. Este es el único indicador que ha utilizado el Gobierno Vasco en su lectura, obviando el resto. Ahora bien, si tuviera que elegir uno solo de los indicadores de la ENS, ¿elegiría el mismo? Sí, porque, en parte, engloba en su construcción otros indicadores. Eso sí, ceñirse solo a él es un grave error, porque te pierdes una gran parte de la fotografía de la pobreza y la ausencia de bienestar. Es más, como veremos, es muy complicado entender qué nos está diciendo este indicador si no nos apoyamos en otros.

Si no nos limitamos al espigueo de indicadores, podemos comprobar que en los últimos dos años 26.000 personas han abandonado la pobreza monetaria más grave (ingresos inferiores al 40 % de la mediana), aunque esta categoría cuenta con 31.000 personas más que hace diez años. Un comportamiento que también se da en el siguiente escalón de la pobreza monetaria, el de los bajos ingresos. Retengamos esta idea sobre la que volveremos más adelante: mejor que hace dos años, pero peor que hace diez. ¿Pero no decíamos que el “bienestar en Euskadi alcanza cifras récord”? Esta aparente contradicción tiene su explicación. Digámoslo así, el indicador anterior atiende también a la pobreza carencial y, por lo tanto, es más «exigente» a la hora de «certificar» a una persona como pobre. Por lo tanto, cuando recurrimos a él, estamos cartografiando las situaciones más severas de pobreza.

Pero volvamos sobre la dimensión monetaria de la pobreza, es decir, sobre la evolución en los ingresos de las personas. A este respecto, la ENS es muy clara. Tomemos el indicador que tomemos (coeficiente de Gini, ratio S80/S20, porcentaje de ingresos del 10 % más pobre), Euskadi es más desigual que hace diez años. En este tiempo, por ejemplo, mientras la media de ingresos del 10 % más rico de la población se ha incrementado un 6,7 %, la media de ingresos del 10 % más pobre se ha reducido en un 7 %. Sin embargo, esta tendencia parece haber encontrado un paréntesis en los dos últimos años. Si en este bienio, marcado por la crisis de la Covid-19, los ingresos medios per cápita se redujeron un 14,3 %, esta disminución en la parte más rica de la sociedad alcanzó el 18,5 %, mientras que en la parte más pobre se limitó al 7,2 %. ¿Qué ha cambiado? No hay una respuesta única. Aunque si volvemos a sumergirnos en la ENS, podamos atisbar alguna. En los ingresos de aquellas personas situadas en la posición de pobreza real, los procedentes del trabajo asalariado y de las pensiones de jubilación, invalidez y viudedad han ganado peso, mientras que los ingresos procedentes del sistema RGI/PCV/AES han perdido peso. Referido a las políticas públicas, en el caso de las primeras fuentes de ingresos resulta tentador relacionar su evolución con el incremento del Salario Mínimo Interprofesional o la mejora de las pensiones de menor cuantía. En el caso de la segunda, si profundizamos un poco más en la ENS, vemos cómo el sistema RGI/PCV/AES ha mejorado en su margen intensivo, entre las personas atendidas han sido más las que han conseguido salir de la pobreza, pero ha empeorado en su margen extensivo, atiende a menos personas.

¿Estamos ante un cambio de ciclo? Hasta la fecha, el análisis de la evolución de las situaciones de pobreza y ausencia de bienestar podía resumirse en un «empobrecimiento de la pobreza». El cambio observado en los dos últimos años en las situaciones de más intensa pobreza monetaria y carencial podría situarnos tal vez (y solo tal vez) ante un cambio de ciclo y, por lo tanto, de prioridades. Refiriéndonos de nuevo al indicador destacado por el Gobierno Vasco, la reducción de las situaciones más graves de pobreza (pobreza real), ha dado paso a un incremento de las situaciones de bienestar con riesgo, mientras las situaciones de completo bienestar no han visto engrosar sus filas (otros indicadores como el riesgo de ausencia de bienestar muestran una evolución similar). Por lo tanto, no resulta contradictorio que Euskadi vaya camino de desterrar las formas más ominosas de pobreza, mientras, en paralelo, se incrementan las desigualdades.

Si queremos consolidar este nuevo ciclo, deberíamos ahondar en aquellas políticas que parecen haberse mostrado eficaces en la reducción de la pobreza más severa (incremento de los bajos salarios, pensiones mínimas, prestaciones condicionadas), atendiendo, además, a formas específicas de privación material que no se han reconducido, como las relacionadas con la pobreza energética. Ahora bien, una vez demostrado que podía actuarse en el margen intensivo de las políticas de disminución de la pobreza (reducir su virulencia), es hora de actuar en el margen extensivo (incrementar las situaciones de bienestar pleno). Este nuevo ciclo requiere de políticas públicas que tiendan hacia la universalidad y, con ellas, a la reducción de la desigualdad, y no solo a la especificidad y, por lo tanto, a la contención de las formas más extremas de pobreza.

En síntesis, la ENS requiere de menos espigueo en su lectura (pública) y más y mejor análisis sosegado, porque corremos el riesgo de que el verdadero reto que afronta nuestro país, el incremento de la desigualdad, quede sepultado por un puñado de titulares.

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