Periodista / Kazetaria
Entrevue
Louisa Yousfi
Periodista y filósofa

«Occidente ha inventado la inocencia para cometer sus barbaridades»

El Estado francés asiste expectante a la aparición de los denominados «indígenas discordantes», hijas e hijos de la inmigración que, desde las trincheras de las «banlieue» y tras un largo proceso de resistencia popular, empiezan a plantar cara al poder. Louisa Yousfi, periodista y filósofa, encarna esa generación dispuesta a socavar las bases del Estado colonial con el fin de construir una sociedad inspiradora de otro mundo posible.

(Oriol Clavera)

Ya hace años que el mito del “Black-blanc-beur” (Negro, blanco, árabe), con el cual la opinión pública francesa pretendió que la población se enorgulleciera de su selección de futbol, campeona del mundo en 1998 con un equipo repleto de jugadores de procedencia árabe y africana, se desvaneció por completo. En aquellos años, la Francia multicultural, cuna de la Ilustración y de los principios humanitarios, se iba decantando por una agenda neoliberal que, con el paso del tiempo, ha evidenciado el racismo secular surgido a raíz del período colonial. Este descontento, que estalló de forma dramática en los suburbios de París en otoño de 2005, ha sido aprovechado por la extrema derecha que, a fuerza de atizar el miedo al extranjero, se ha catapultado en el tablero político.

Pero también ha provocado la irrupción de un nuevo perfil de activistas; hijas e hijos de inmigrantes dispuestos a defender sus raíces y enfrentarse a un orden que continúa articulándose al entorno del dominio colonial, el individualismo y la cultura del lucro. Entre esta generación de activistas, provenientes de diferentes ámbitos y ciudades, destaca la periodista Louisa Yousfi, que con su libro “Seguir siendo bárbaro” (publicado por Manifiesto Libros en catalán y por Anagrama en castellano), lleva dos años sacudiendo el debate público en el Estado francés. Hija de inmigrantes argelinos, Yousfi (Cannes, 1988) abandera un proyecto de corte anticapitalista que, lejos de los postulados morales de la izquierda, apela a los sectores populares del país a poner su “rabia revolucionaria” al servicio de un nuevo orden global basado en los bienes comunes, el desarrollo, la cultura y la dignidad de todos los pueblos.

¿Cómo le ha condicionado ser hija de una familia de la diáspora argelina que se estableció en el Estado francés? Tengo la sensación de venir de un mundo que desaparece y, a la vez, tener que integrarme en otro que quiere hacerle la guerra. En ese sentido, mis padres me educaron para ser una buena alumna de la República francesa. Me decían “haz lo que Francia espere de ti”. Y eso me ha llevado a un conflicto interno ya que, aunque trabajes para ser una buena ciudadana que responda a los principios de la meritocracia y de la integración republicana, este esfuerzo nunca es suficiente. Pese al empeño que ha hecho mi generación para demostrarlo, Francia nos considera inferiores al resto.

¿En qué momento toma consciencia de ello? De entrada piensas que, si haces las cosas bien, la gente se acostumbrará a tu presencia y todo se arreglará de forma natural. Pero el estallido que tuvo lugar en la banlieue -suburbios- de París a principios de noviembre de 2005 tras la muerte de dos chicos que huían de la Policía, puso de relieve una cruda realidad.

¿A qué se refiere? Para nosotros, especialmente para los militantes antirracistas, constituye el fin de la integración o, como decimos nosotros, el proceso de resilvestración del que hacía gala el Estado, hasta el punto de constatar que ni tan solo la izquierda defendía nuestros intereses ni nuestra dignidad. De ahí que la única salida sea rechazar el mundo que nos venden y cuestionarlo de raíz. Y es que, si alguna integración concibe el poder, es que seamos soldados de una potencia que se ha levantado sobre la desigualdad, la represión y un continuo colonial que todavía existe.

(Oriol Clavera)

La vía para vehicular esta postura fue afiliarse al Partido de los Indígenas de la República (en francés, Parti des Indigènes de la République), un movimiento ciudadano antirracista y descolonial. ¿Cómo se produjo? Después de estudiar Literatura y Filosofía en Niza y Periodismo en Burdeos, tuve un encuentro con militantes de dicha formación, la cual me ayudó a formarme a nivel intelectual y que, desde su creación hasta hoy, ha logrado politizar la problemática del racismo.

¿Busca articular una contrahegemonía al actual modelo de Estado? Pretende, sin necesidad de idealizar nuestros orígenes, señalar que las políticas enraizadas en el actual orden mundial son una llamada a sacar nuestra barbarie. Y eso no significa apelar a la inmoralidad, sino aprovechar que no han podido asimilarnos para articular nuestra resistencia y alcanzar un mundo más justo y próspero.

¿Es posible lograrlo, teniendo en cuenta el poder que ejerce el mismo sistema? Hay que encontrar resquicios, pues es inadmisible que a los hijos de inmigrantes nos exijan que abandonemos nuestras tradiciones (lengua, cultura, religión, historia) y, a la vez, que abracemos valores vinculados al capitalismo y al mercantilismo que, en lugar de hacernos mejores, nos empobrecen y estropean como personas.

¿Qué estrategia lleva a cabo el Partido de los Indígenas de la República? La idea es crear un nuevo territorio político que rompa con todos los relatos preestablecidos, con el fin de que, entre la asimilación y la radicalización extrema, se establezca un nuevo modelo de relaciones desde una perspectiva descolonial.

Por ahora, esta nueva ética parece que se escucha más en el terreno de la cultura que en la esfera política. ¿Qué piensa? En el plano político, la batalla ya se está dando y, por mi parte, intento junto a otras pensadoras enlazar esta batalla con las expresiones literarias y artísticas que muestran una consciencia descolonial arraigada a la cultura popular. Solo hay que escuchar las bandas de rap: muchas yuxtaponen las distintas formas de dominación, de las cuales el racismo es el principal rostro.

¿No es la condición de clase lo que explica la emergencia de esta contestación? Sin duda la persona que llega a Francia sufre la lacra del capitalismo, el machismo y el patriarcado. Pero, si la inmigración está debajo de la escala social, es a causa del racismo que, lejos de resolverse con más educación y medidas para combatir el odio, continúa sirviendo al poder para discriminar a la población árabe y negra. Por eso proponemos un “antirracismo político”, cuyo argumentario se sustenta en el hecho de que el racismo no está relacionado con las personas, sino con los procesos de colonización y desposesión históricas, el resultado de los cuales es una sociedad jerárquica donde unos ciudadanos están por encima de otros.

Confrontan este antirracismo al «antirracismo moral». ¿En qué se diferencian? Criticamos las voces provenientes de la inmigración y la izquierda para las cuales, cuantos más negros o árabes estén representados en el escaparate público, habrá menos racismo. Y es falso: el problema es que la sociedad está estructurada para favorecer unos determinados privilegios. De hecho, nuestra idea busca combatir antes el “antirracismo moral” que el propio racismo. Es decir, acabar con aquella progresía humanitaria que solo piensa en defender la inmigración cuando es víctima, no cuando decide rebelarse contra la represión que padece. La irrupción del movimiento descolonial lo ha puesto de relieve: la izquierda no ha soportado que árabes y negros cojan las riendas de su destino. Al contrario: te dice que solo puedes emanciparte renunciando a lo que eres.

El cantante de origen argelino Zaidi El Batni, en su canción «Ay, Francia, ¿en qué nos has convertido?», afirma que es preferible «vivir en la suciedad y el barro» que sucumbir al engranaje que el sistema les ofrece. ¿No es una posición demasiado radical? Bien, el pensamiento descolonial es rupturista, y que no nos hayan asimilado es el “peldaño de esperanza” al que se refieren los raperos de PNL (Peace N Lové), que nos permite crear e inventar un nuevo mundo.

Aquí surge una curiosa paradoja: también la ultra Marine Le Pen, desde las antípodas ideológicas, afirma que el multiculturalismo ha fracasado… De acuerdo, pero nosotros vamos más lejos. No únicamente reivindicamos que la actitud de nuestra generación, que ella expulsaría, no tiene la vocación de desaparecer; decimos que puede ser la verdadera solución para la sociedad francesa y, por extensión, para todo el mundo. Ya lo afirmaba el escritor afroamericano Chester Himes en su novela “El fin de un primitivo”: «No somos nosotros a quienes se tiene que salvar, es a vosotros».

(Oriol Clavera)

De todas maneras, ¿es factible arraigar este discurso en un país que se envuelve en los principios de la igualdad, la libertad y la fraternidad? Es complicado, porque supuestamente nos deja para gestionar el bien común pero, a la hora de la verdad, nos impone condiciones que son renegociadas permanentemente. Por ejemplo, la integración de la comunidad musulmana se acepta mientras respetemos la laicidad, pero después se ha redefinido con la exclusión del velo: primero en la escuela, después en la universidad y ahora en el espacio público. Incluso se ha suprimido de la Constitución la referencia a la raza, de manera que tenemos prohibido hablar de la lucha de razas bajo el argumento de, abordar este problema, es ser racista.

¿El reto es poner ante el espejo el carácter colonial y el chovinismo que históricamente han ejercido el Estado francés y Occidente en general? Exacto, por eso nos llamamos indígenas discordantes, para evidenciar todas estas carencias y representar aquella alteridad que, pese a no estar aún muy elaborada, Francia no ha conseguido diluir. Es su gran espina. Y, obviamente, es difícil mantener esta actitud, pues el poder colonial suele acompañar la opresión con el mensaje que actúa por nuestro bien. Así ha justificado sus intervenciones militares en África u Oriente Medio: las ha realizado parapetándose en ideas nobles y bellas. Hay unos dibujos animados que ilustran perfectamente cómo ha inventado la inocencia para cometer sus barbaridades: mientras con una mano ofrece una imagen amable e inclusiva, con la otra ejerce la imposición.

Frente a este escenario, el senegalés Kemi Seba y otros líderes panafricanistas perseguidos en el Estado francés plantean que la mejor salida es volver a África para fortalecer sus poblaciones. ¿Qué opinión le merece? Una cosa es defender que la población africana no tenga que irse para labrar su futuro, y otra es la situación de los hijos de la inmigración. Pedir que mi generación, que ya es francesa, vuelva a sus lugares de origen, que no reconocerán, resulta poco realista. No solo esto: creo que políticamente somos más útiles en Francia, ya que es aquí donde radica el poder, también el de los países africanos. A mi entender, nuestra responsabilidad es quedarnos para minar el poder desde dentro. Y esto puede pasar por concurrir en el juego parlamentario y, mediante movilizaciones y alianzas con otros espacios anticapitalistas, ejercer presión con el fin de invertir la actual correlación de fuerzas.

¿Es fundamental una estrategia compartida con el precariado? La tarea ha de ser simultánea en diferentes planos. Está la lucha en la calle, la del Parlamento y la que pueden ejercer sindicatos y estudiantes. Cada una toca su partitura y, desde el trabajo conjunto, se puede componer algo. Prueba de ello es Francia Insumisa, una formación de izquierdas presente en la Asamblea francesa cuyo proyecto, fruto de las luchas anticoloniales que se han mantenido en los suburbios de París, supone una ruptura absoluta con el pacto republicano. Su aparición es un hito histórico. 

¿En esa óptica, qué papel han de tener los movimientos del sur global que también apuestan por la descolonización? Pueden contribuir a esa apuesta colectiva, sin duda. El problema es que en estas regiones, el poder establecido suele colaborar con los estados del Norte. Así ocurre en Argelia, donde la población que se moviliza por mantener la memoria de la emancipación está siendo reprimida. De ahí que los que procedemos de estos países luchemos por perturbar y debilitar los estados del Norte, pues esto hará que la intervención internacional que hagan sea más débil.

¿Transformar el Norte para cambiar el Sur? Estando en el corazón del imperio capitalista, te das cuentas de cómo su dominio se propaga en todo el mundo y conlleva la aniquilación de países, culturas y civilizaciones enteras, razón por la cual nuestro deber es atacarlo. Pero no desde una óptica abstracta, sino enfrentándonos a sus diferentes rostros mediante la pedagogía y la experimentación política. No olvidemos que sus rostros van ampliándose, sea utilizando el antirracismo como a través del capitalismo verde, pero siempre con el racismo como elemento distintivo. Se trata, en definitiva, de deconstruir el actual modelo y, a medida que avanzamos con iniciativas y proyectos autoorganizados, tomar el poder para desplegar una sociedad más justa y digna.