Pello Guerra
Entrevue
Jose Mari Esparza
Activista, escritor y editor

«Solo desde la lucha local se es solidario con el mundo»

El viernes se celebró el 35 aniversario de la editorial Txalaparta, marco en el que se rindió homenaje a Jose Mari Esparza, activista, escritor y responsable durante décadas de un proyecto clave de la cultura vasca, y que se considera miembro de «una generación que transformó este país».

Jose Mari Esparza Zabalegi fue homenajeado el viernes dentro de la celebración de los 35 años de la editorial Txalaparta.
Jose Mari Esparza Zabalegi fue homenajeado el viernes dentro de la celebración de los 35 años de la editorial Txalaparta. (ALTAFFAYLLA)

Una fiesta celebró este viernes el 35 aniversario de la editorial Txalaparta, marco en el que tuvo lugar un homenaje a Jose Mari Esparza, que en esta entrevista repasa una intensa trayectoria vital militante que ha dejado una profunda huella en Euskal Herria y que ha llenado de «sentido y felicidad» a su existencia.

Activista social y sindical, editor y escritor, defensor del patrimonio... ¿Jose Mari Esparza es el perejil de las más variadas salsas?

Tengo la suerte de pertenecer a una generación única. La de la guerra del 58, que dicen algunos. Nacimos en una sociedad campesina, más parecida al neolítico que a la actualidad. En cuatro días hicimos la revolución industrial y en un santiamén pasamos a la cibernética. En medio, una dictadura militar, religiosa y hasta sexual; y una opresión nacional que comenzamos a sentir desde los 14 años, nada más entrar en un grupo de dantzaris. En el mundo, todo eran revoluciones: mayo del 68, Vietnam, el Che… «Todo el tiempo que no se dedica a la revolución es tiempo perdido» escribían los poetas. El socialismo y la independencia de los pueblos eran posibles ¿En Euskal Herria por qué no? Y en ese momento se puso en marcha una generación militante, apasionada, que transformó este país en el plano político, cultural, sindical, social… Hicieron falta perejiles en todas las salsas. Haber participado en este movimiento, en ese parto social y nacional, nos ha llenado de sentido y felicidad la vida.

Cuando empezó a trabajar en la fundición Luzuriaga con 17 años, ¿se imaginaba que estaría activo en tantos frentes?

Los 20 años de obrero y sindicalista en la fundición fueron mi universidad. Las pintadas o la redacción de panfletos, nuestros primeros ensayos literarios. La publicación de revistas clandestinas como ‘Fusión Obrera’ nos hizo editores. Hoy día, cuando mostramos los más de mil libros de nuestro catálogo o los 50 tomos enciclopédicos editados sobre memoria histórica, yo los sigo denominando ‘panfletos’. ¿Por qué no? El contenido es lo importante; el continente depende de las posibilidades económicas o legales. Al final, editar es convertir las ideas en textos y difundirlos. Entonces en una ‘vietnamita’ clandestina; ahora en una imprenta digital; mañana ya veremos.

Aquellas décadas nos marcaron como activistas y como personas. Luchar por las condiciones de trabajo, aprender euskera, crear organizaciones, leer, responder a la represión, apoyar ikastolas, manifestarnos… todo formaba parte de la agenda militante. Claro que el capitalismo tenía también sus bazas ocultas y mi paradoja es que 34 años después de dejar la fundición, me han detectado un cáncer de amianto con el que acabaré mis días. ¡Quién me iba a decir que después de tres décadas de ‘empresario’ e ‘intelectual’ de medio pelo, vaya a morir como un obrero proletario! Dentro de lo malo, no deja de tener un punto de orgullo.

«A las puertas de la Ribera creamos una empresa comunal, abertzale y hasta rentable, gracias al esfuerzo y austeridad de quienes hemos trabajado en ella. Las plusvalías pueden ser positivas si se depositan en la hucha colectiva»


Mientras trabajaba en Luzuriaga, ya inició sus trabajos sobre costumbrismo e historia local, hasta que en 1985 participó en la fundación de Altaffaylla. ¿Iba emergiendo la pasión que ha marcado su vida?

Lo que he sido se lo debo en buena parte a mis abuelos y abuelas. Desde ‘muete’ pasaba tardes enteras hablando con ellos, preguntándoles, tomando notas… Eran grandes narradores y con ellos aprendí el cancionero local; los dichos y anécdotas populares… Mis libros sobre costumbrismo y cancionero navarro vienen de aquellas charradas. Pero también me introdujeron, sin pretenderlo, en la memoria histórica. Por vía oral supe de sublevaciones contra las quintas; de la guerra de Cuba o del Riff; de la emigración; de la recuperación de las tierras comunales a base de pedradas y quemas de caseríos. Me enteré que había habido una República; que en el 34 mi aita tiraba la bota de vino por encima de la tapia de la cárcel para que bebiera mi abuelo preso y que, en el 36, casi acaban todos ‘en el rastrojo’. ‘La Internacional’ la aprendí de mi madre.

Aquellos testimonios los fui contrastando luego en los archivos y me di cuenta que todo era cierto. Que antes de que llegar Luzuriaga a Tafalla había habido sindicalistas, que yacían fusilados a escasa distancia de donde estábamos… Y si entonces los académicos no editaban sobre estas cosas ¿por qué no hacerlo los obreros? Así salieron los primeros libros de memoria, historia local, resistencia popular… La creación de Altaffaylla hace ahora 40 años por un grupo de trabajadores y trabajadoras, y su primer libro emblemático ‘Navarra 1936’, fue un hito. El éxito de aquel libro desembocó en la tarea editorial posterior.

En 1988 se convirtió en director de Txalaparta. ¿Cómo fue ese cambio tan importante en su vida y cómo vivió el arranque de la editorial?

Creo que fue la decisión más importante de mi vida. Yo estaba feliz de sindicalista, recelaba de los intelectuales, odiaba el capitalismo. ¿Cómo pasar de un día a otro a dirigir una empresa? Puro infantilismo, que diría Lenin. Estuve negándome durante semanas, hasta que alguien dio en la tecla adecuada: «Lo que ocurre es que vives bien y no quieres comprometerte». Aquello fue una puñalada trapera, aunque hoy día la tengo que agradecer. Nuestro país, nuestra gente, los socios y socias, hicieron el resto. A las puertas de la Ribera creamos una empresa comunal, abertzale y hasta rentable, gracias al esfuerzo y austeridad de quienes hemos trabajado en ella. Cuando hoy día inauguramos locales como el de la calle Mayor de Iruñea, uno comprueba que las plusvalías pueden ser positivas si se depositan en la hucha colectiva.

«34 años después de dejar la fundición, me han detectado un cáncer de amianto. ¡Quién me iba a decir que después de tres décadas de ‘empresario’ e ‘intelectual’ de medio pelo, vaya a morir como un obrero proletario! No deja de tener un punto de orgullo»



Tafalla, su localidad de origen, está muy presente en su obra.

«Si quieres ser universal, cuenta la historia de tu aldea», creo que dijo Tolstoi. Y «si llora Tafalla, llora Euskal Herria», canta Fermín Balentzia. Con la historia de mi aldea, aprendí la historia de mi país y con la historia vasca, uno aprende la de la Humanidad. Solo desde la lucha local se es solidario con el mundo. Socialismo y libertad para todos los pueblos, eso es lo que refleja nuestro catálogo. Eso de ser ‘ciudadano del mundo’ es una gilipollez con la que se emboza gente egoísta e insolidaria.

Esparza ha trabajado intensamente en la recuperación de la memoria histórica. (ALTAFFAYLLA)


Euskal Herria y su historia desde diferentes ángulos también han centrado sus trabajos. ¿Por fin tienen los vascos y vascas historiadores que les recuerden su pasado desde una visión propia?

Si algo he aprendido es que una nación sometida tiene también sometida su Memoria, su Historia y sus Universidades. Salvo excepciones, la mayor parte de nuestros historiadores han seguido la historiografía oficial española o no se han atrevido a enfrentarse a ella. Con muchos historiadores vascos ocurre lo mismo que con la Guardia Civil: mejor no creerles nada.

«Olvidamos que la ideología dominante sigue siendo la ideología de la clase dominante, una clase que solo quiere convertir la pecera cultural del mundo, llena de diversidad, en una sopa de pescado»



Además, ha sido una de las voces más activas denunciando el expolio patrimonial de la Iglesia. ¿Cómo está esa batalla por recuperar los bienes inmatriculados?

Es una prueba de lo que estamos hablando. Un escándalo monumental de esa magnitud ¿lo tiene que denunciar el movimiento popular? ¿Dónde estaban nuestros juristas? ¿Dónde nuestros catedráticos, para demostrar quién levantó y sostuvo durante siglos ese patrimonio? Es curioso que todo el mundo en privado nos dé la razón, pero al final el PSOE (una vez más) se acobarda y no declara nulas todas las inmatriculaciones realizadas por los obispos al menos desde 1978. Otra vez la España colonial: Iglesia, Monarquía, Ejército… Y me jode decirlo, pero, aunque Navarra ha tirado del carro, el resto de Euskal Herria no ha estado a la altura.

Ya jubilado, cuando echa la vista atrás, ¿cómo valora el trabajo realizado en y por Txalaparta, que cumple 35 años vividos en primera persona?

Como tantos otros proyectos en el país: generoso, militante, desinteresado. Han intentado hundirnos y no han podido. ¿Qué os voy a decir a vosotros? Y personalmente, es una satisfacción ver que unos nos vamos, pero el proyecto sigue creciendo con la misma ilusión militante que tuvimos nosotros. «Jaioko dira berriak, gu gara Euskal Herria», decía Xenpelar.

«El futuro de nuestra cultura se presenta como una cáscara de nuez en medio del océano globalizador. Hace falta ir preparando otra sacudida histórica que nos garantice el futuro. Es el reto apasionante que dejamos a nuestras hijas e hijos»


¿Y su extensa obra, con más veinte títulos? ¿Todavía se le está quedando algo en el tintero?

Al final serán casi 30. Con la enfermedad me ha dado por acabar los que tenía muy adelantados, entre ellos una gran obra editorial que, dicho sin modestia alguna, era un proyecto nacional necesario. Espero verlo en la Feria de Durango. El resto de mochilas y compromisos los estoy repartiendo entre jóvenes activistas. Lo bueno que tiene mi estado es que nadie te dice que no.

Con una experiencia de décadas, ¿cómo le parece que se presenta el futuro de nuestra cultura?

Como una cáscara de nuez en medio del océano globalizador. Somos demasiado pequeños, y el buenismo, el confort de nuestro hábitat o la mal entendida ‘multiculturalidad’, pueden conseguir lo que no lograron nuestros dominadores pretéritos. Olvidamos que la ideología dominante sigue siendo la ideología de la clase dominante, una clase que solo quiere convertir la pecera cultural del mundo, llena de diversidad, en una sopa de pescado. A finales del siglo XIX, Euskal Herria hizo un gran esfuerzo de afirmación nacional y cultural. En los años 50 se inició otro ciclo, del que seguimos sobreviviendo. Hace falta ir preparando otra sacudida histórica que nos garantice el futuro. No lo veré, pero es el reto apasionante que dejamos a nuestras hijas e hijos.