Gontzal Martinez de la Hidalga
Pediatra. Máster en Infectología y Enfermedades Tropicales

Epidemia de coronavirus e histeria colectiva. Dos problemas de Salud Pública. ¿Cuál es más importante?

Hoy día se hace cada vez más difícil gestionar problemas de salud pública con la razón, dado el ambiente que se generaliza durante una alarma. Las medidas muchas veces no tienen que ver con el riesgo real, si no con el riesgo percibido.

En medio de esta histeria colectiva contra la que nadie está inmunizado, me gustaría plantear algunas reflexiones y hacer una llamada al sentido común. Estamos en medio de una epidemia importante, parece que mayor que otras y habrá que gestionarla, pero en estos momentos una de nuestras labores debe ser también la contención psicológica; sobre todo con nosotros mismos (muy adecuada la expresión en euskara: gure buruekin, con nuestras cabezas) y luego con toda la sociedad.

Conviene presentar algunos datos objetivos usando como fuente a la Organización Mundial de la Salud (todas las cifras mencionadas son de la página web de ese organismo). En el mundo mueren casi 60 millones de personas al año. Sólo en China lo hacen habitualmente alrededor de 1 millón de personas al mes. Son un enorme país de casi 1.500 millones de habitantes. Desde el comienzo de la epidemia, hace 3 meses, han muerto algo más de 1.000 al mes por coronavirus. Insignificante a nivel total! Quizás es porque han hecho las cosas muy bien, quizás está sobredimensionada la epidemia, o una mezcla de ambas en una proporción que no podemos conocer.

Según el informe diario de la OMS (14-3-2020) la aparente mortalidad por coronavirus en Italia, una de las regiones más castigadas, tomando los casos confirmados (17.660) es del 7% (1.268 fallecidos). Pero esa no es la mortalidad real, pues no sabemos el número de infectados. A la mayoría de la población no se le hace el test, lógicamente. Si los infectados fueran 10 veces más, la mortalidad sería del 0,67%. Si los infectados fueran 100 veces más (también es posible, no lo sabemos), la mortalidad sería del 0.067%. Además, según pasen los días, se realizarán menos tests a los casos leves con lo que aumentará la proporción de fallecidos, sin aumentar la mortalidad real.


Otra información importante:

No debemos olvidar otros enfermedades como el SIDA, que provoca más de un millón de muertos al año, la tuberculosis responsable de un millón o el paludismo con cerca de medio millón de muertos (casi el 70% menores de 5 años). Las medidas actuales van a desviar presupuestos del combate contra éstas y otras muchas enfermedades, como las cardiovasculares (16 millones de muertes al año) o el cáncer (casi 10 millones de muertes al año), hacia la epidemia de coronavirus. Hay que tenerlo en cuenta. Además, los efectos negativos en la economía van a castigar a las personas más pobres y empobrecer a muchos otras con el consiguiente deterioro de su salud y por tanto aumento de mortalidad. Son algunos efectos colaterales, como otros muchos, muy difíciles de cuantificar.


Lo principal que hay que transmitir es que las medidas más importantes contra el coronavirus son: lavarse las manos, como debería ser siempre que hay una epidemia, es decir un aumento de casos de una manera concreta (ya sea de gripe, rinovirus, adenovirus, rotavirus, coronavirus, meningococo, etc.) o siempre que alguien en casa tiene un catarro, una diarrea o cualquier otra infección..., y lo más importante: no pasar videos ni audios de Telegram, Whatsapp o cualquier red social, sobre todo cuando son de supuestos expertos. Se puede hacer una excepción con los memes y los que tratan de hacer humor. Y como las autoridades sanitarias están dando ciertas indicaciones, algunas cuestionadas desde un punto de vista científico, social y económico, recomendar que se sigan sin obsesionarse y con un poco de sentido común.

Pero más allá de lo inmediato, creo que se impone una reflexión mucho más profunda.

En primer lugar hay que recalcar que no va a ser el fin del mundo. El mundo que conocemos desaparecerá, pero no por el coronavirus y no podemos saber cuándo ni cómo, pero tardará millones de años seguramente. Es probable que la vida humana desaparezca antes. Desde luego, al ritmo tan poco razonable que llevamos estamos haciendo méritos para ello: crisis ecológica, capitalismo depredador, consumismo desbocado, empobrecimiento de grandes sectores de la población...

Respecto a la epidemia actual hay que plantearse ciertas cosas. Si analizamos las sociedades de hoy día, comprobamos varios elementos que se han globalizado.

- La inmediatez de las noticias. Ahora nos enteramos al minuto de cualquier evento que sucede en cualquier lugar del mundo. Esto, que a priori puede parecer una ventaja, quizás no lo sea tanto en muchos casos. No da tiempo a la reflexión y da una sensación de cercanía, para bien y para mal, que es falsa. Sentimos como riesgo algo que no lo es dada la distancia y las diferentes circunstancias, y vivimos como propias situaciones muy alejadas de nuestra realidad. Podemos llorar y sentir muy cercana una desgracia lejana, que nos la venden con nombres y apellidos y bien teatralizada, como la muerte de un jugador de baloncesto famoso, y podemos ser insensibles a desgracias que acaecen en nuestras fronteras, como por ejemplo, la muerte de inmigrantes ahogados en nuestras costas.

- El exceso de noticias. La Organización Mundial de la Salud ha acuñado el térmico infodemia. Lo define como una cantidad excesiva de información acerca de un problema que dificulta encontrar una solución. Es lo que estamos viendo a menudo. Cabe resaltar que casi todos los medios lo critican a la vez que lo practican de manera compulsiva y sin control.

- Las noticias falsas. Designadas con el anglicismo fake news, tan numerosas o más que las verdaderas, pero muchísimo más dañinas. En ocasiones son involuntarias y en otras intencionadas. Son fuente de comportamientos racistas, homófobos, machistas y muy destructivas. En ocasiones han contribuido a generar estados de opinión que han facilitado el avance del fascismo y la ultraderecha como en Brasil con la elección de Bolsonaro o en los EE.UU. con la de Trump.

-La omisión de las fuentes o la poca fiabilidad de ellas. Para creer algo siempre ha sido necesario conocer la fuente y tener la certeza de que es fidedigna. Hoy día, esa premisa la hemos olvidado con el riesgo que ello conlleva. Cualquiera pontifica sobre cualquier cosa, en cualquier momento y desde el anonimato.

-La sensación de peligro permanente, el miedo irracional. Casi a diario oímos noticias acerca de supuestos eventos mayúsculos: el viento más fuerte de la década, la ola más grande jamás registrada, la mayor nevada, etc. Continuamente se está batiendo algún record. Y es raro el día que no estamos en alarma amarilla, código naranja, algún estado de emergencia, o enfermedades emergentes desconocidas o conocidas nos acechan. Todo lo vivimos en nuestra propias carnes como si peligrara a diario nuestra supervivencia.

Con lo expuesto y más factores que no menciono, hoy día se hace cada vez más difícil gestionar problemas de salud pública con la razón, dado el ambiente que se generaliza durante una alarma. Las medidas muchas veces no tienen que ver con el riesgo real, si no con el riesgo percibido. Además, a pesar de un bajo riesgo, si nuestros vecinos toman ciertas medidas, nos vemos abocados a tomarlas nosotros también por un aumento de la percepción del riesgo y por miedo a la posibilidad, incluso siendo remota, de que algo malo suceda no habiendo tomado medidas previas, y estas también tienen consecuencias negativas. Entramos en una escalada que puede no tener límite. Estos mecanismos psicológicos nos afectan a todo el mundo. Da igual que seas fontanera, profesor, directora del Banco Central Europeo, tendero, político o médica epidemióloga.

Los datos durante una epidemia no pueden ser tomados como absolutos, necesitan una interpretación. Tampoco tiene sentido que en unas epidemias, como la de gripe, responsable de 300.000 a 650.000 muertos al año, apenas se tomen medidas (excepto la vacunación de grupos de riesgo que evita muchas muertes) y en la epidemia actual se tomen todas las medidas imaginables. No hay una proporcionalidad. En unas no se hace apenas nada y en otras pasamos al 100%. Quizás la herramienta de la cuarentena, muy común en otras épocas, u otras herramientas deberían ser algo más habitual sin llegar a los extremos actuales y sin tanta alarma social.

Otra reflexión sería acerca de lo que estamos dispuestos a sacrificar. Si todos los inviernos, durante la epidemia de gripe, hiciéramos lo que las autoridades sanitarias recomiendan ahora para el coronavirus disminuirían de manera drástica el número de afectados y por consiguiente el número de fallecidos por gripe y otros gérmenes. Según datos del Ciberesp, dependiente del Instituto Carlos III, el número de fallecidos relacionados con la gripe en el Estado Español fue de 15.000 durante la campaña 2017-2018. ¿Estamos dispuestos a asumir esas restricciones para disminuir el número de fallecidos? ¿Queremos vivir confinados para bajar la mortalidad por infecciones? ¿A cambio moriremos más por otras causas? ¿De las personas que no morirán, la mayoría gente mayor con patologías crónicas, morirán poco después por otros motivos?

¿Dónde ponemos la línea? Se trata más un problema filosófico que de salud pública. Como sociedad, ¿queremos vivir en el miedo permanente viendo a las otras personas como amenazas? Siempre habrá enfermedades y muerte. Debemos asumir que vivir es el mayor factor de riesgo para sufrir enfermedades o morirse. No existe el riesgo cero. De momento tendremos que gestionar esta crisis que debería ayudarnos a reflexionar acerca de nosotros mismos como sociedad.

Para concluir, es importante recalcar que, en caso de cualquier crisis, siempre serán las organizaciones públicas y no las privadas las que contribuirán a proteger a la población. Defendamos lo público contra los recortes y contra aquellos que los aplican.

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