José Luis García
Psicólogo clínico y especialista en Sexología

Te quiero como tú eres

Somos individuos frágiles y vulnerables en asuntos afectivos. Nos agarramos a un clavo ardiendo, aguantamos carros y carretas por temor a estar solos. Con tal de no ser rechazados.

Hace unas semanas supimos que Facebook ocultó informes que evidenciaban los efectos negativos de las redes sociales, en particular en la autoestima de nuestros menores, poniendo en la picota a una de sus plataformas más exitosas: Instagram.  

Les importaba más la pasta que crear batallones de jóvenes destrozados emocionalmente. Nada que sorprenda en este adalid del neoliberalismo a ultranza. Estaba cantado, porque diversos profesionales habíamos advertido de esos riesgos desde hace tiempo.

El éxito en buena parte de las redes sociales hay que entenderlo por la necesidad de todos los seres humanos de ser queridos, estimados y reconocidos. El amor de nuestra familia y los amigos cubren gran parte de esa exigencia vital. También el nuestro propio. Más tarde la pareja que elegimos.

Pues bien, los likes y los seguidores parecen sustituir a los abrazos y a las palabras cariñosas y cercanas. Por ejemplo, escuchar «te quiero como tú eres», es el anhelo más buscado, de efectos altamente gratificantes cuando se encuentra, experimentando una suerte de descarga sensitiva, dulce y tierna, que nos recorre de arriba a abajo todo el cuerpo, y que nos provoca calma y sosiego. Y sentimos seguridad. Es el amor incondicional del padre y de la madre. También una garantía de otras relaciones posteriores. Es lo que se aprende, y cómo se aprende, desde que nacemos. Somos en buena parte un reflejo de cómo nos han querido.

Sabemos, claro, que no es igual, que no se puede comparar la trascendencia real de esas sensaciones poderosas que he citado, con las de una pantalla, pero estas de carácter digital pueden tener la función de ser una muleta, quizá una quimera, para seguir adelante y superar (o aparcar temporalmente) el miedo a la soledad, que nos atenaza permanentemente y que puede activar conductas poco saludables de las que a menudo nos solemos arrepentir.

Todas las personas, en mayor o menor medida, necesitamos que nos quieran, tener amigos y tener intimidad a lo largo y ancho de nuestra vida. Unas más que otras, con intensidad variopinta, siendo inherente al desarrollo vital saludable de cada sujeto. Las canciones, las novelas o las películas, como botón de muestra, han hecho del continuo amor-desamor el eje nuclear de su éxito. Nada nuevo bajo el sol. La vida misma.

Otro día hablaremos del odio, la intolerancia y la maldad que abundan por doquier en cualquier rincón de estas mismas redes sociales, redes que lo promueven hasta la saciedad, que no sabe de sexos, que se vierten sin ningún pudor por parte de sujetos cobardes, escondidos y ocultos bajo unos Nick anónimos, que les permiten airear la parte más miserable que todos y todas, de algún modo, llevamos dentro. Es cierto que, a veces, lo hacen sin pseudónimo. Sin reparo alguno. Con un par.

Unos más que otros, así mismo. Cuanto más miserable sea la persona, más va a vomitar su bilis. Es la dark web de cada uno de nosotros. Tal vez ese ha sido uno de los elementos que más ha podido contribuir al éxito de estas redes y a llenar el bolsillo de sus retorcidos y maquiavélicos creadores, así como de sus accionistas. El otro elemento: la necesidad de apego afectivo de todas las personas independientemente de su etnia, edad o condición. El ying y el yang. El eros y el thanatos  a nivel planetario.

Nos vendemos por unos pocos cariños, abrazos o besos, aunque sean virtuales. Por vivir en la ilusión de tener muchas amigas y amigos online que nos quieren.

Determinadas consultas psicológicas tendrían aquí un razonable fundamento. No pocas relaciones de pareja, claramente dependientes y tóxicas, o de amistad, cabría comprenderlas en base a estas emociones y sentimientos que en mayor o menor medida experimentan todos los seres humanos. El temor a ser rechazado, el miedo a no ser querido puede generar ansiedad y angustia. En ocasiones fobia social o ataques de pánico ante la mera posibilidad de socializar.

Nos protegemos, a veces hasta límites patológicos, para salvaguardar esa seguridad que proporciona una cierta ocultación, parapetados detrás de nuestras máscaras. Dar información nos deja expuestos y desamparados. El cotilleo, ese deporte nacional donde gozan los mediocres, tiene muchos adeptos porque juega con el poder del rumor, de ciertas informaciones sospechosas, en asuntos aparentemente íntimos de los demás. Cuanta más intimidad más morbo porque todo aquello que tiene que ver con las entrepiernas da mucho juego.

Qué decir, por ejemplo, de los programas de corazón de nuestra TV que explotan vergonzantemente las emociones y los sentimientos de las personas, con las que se comercia hasta límites intolerables, cuando no delictivos, con su intimidad, hasta conseguir que se rompan y lloren, que es el propósito inconfesable a lograr porque está relacionado con un mayor share. O aquellos cuyo objetivo es provocar la infidelidad y regodearse en la ruptura anunciada. Y, ya ven, son programas de máxima audiencia.

Las redes sociales, y otras plataformas de Internet en general, nos han dejado en una situación mucho más frágil si cabe, a merced de personas sin escrúpulos, porque ese miedo a la soledad puede obnubilar nuestro córtex, nuestra razón, bajar la guardia y mostrar algo de nosotros o de nuestros cuerpos, algunas de cuyas zonas íntimas siempre cotizan al alza. Lo llaman grooming que es el acoso y el abuso de toda la vida. Sobre todo, exhibir cuerpos femeninos que siempre triunfa. Culo y tetas. Y arriesgarse a sufrir por tal empeño. Por amor.

Sufrimiento sí, porque hay una caterva de pedófilos, pederastas y acosadores sexuales que tienen en redes sociales como Instagram o TikTok material de sobra, gratuito y permanentemente actualizado con carne fresca, para su propio consumo o venderlos a modo de paquetes de material infantil excitante al mejor postor, realidad que la mayoría de los padres y madres no sabe.

O iniciar una espiral de chantajes y amenazas que puede arruinar la vida de una familia. ¿Qué pinta una menor de 13 años con una cuenta en TikTok? ¿Cómo es posible que se les permita publicar catálogos de fotos claramente sexualizadas a niñas que no tienen ni 10 años?

Pero bueno, no nos desviemos de la idea principal: el sentido y los riesgos de mostrar la intimidad. Igualmente entender algunos de esas actuaciones que tratan de ofrecer la mejor imagen de uno mismo, tratando de imitar el glamour y el encanto que desprenden los usuarios  y usuarias exitosas, mostrando zonas sensibles e íntimas del cuerpo si hace falta, compitiendo a ver quién lleva el trozo de tela más al límite, pero que no muestre la totalidad del pezón femenino porque hasta ahí podríamos llegar, todo ello con la finalidad de recibir la respuesta del corazoncito rojo de los internautas de cualquier parte del mundo y vivir en la ilusión de que somos valiosos y merecemos la pena.

Aunque seamos unos perros verdes, tendemos a pensar, que hay alguien que nos estima, que el sonido característico de esa notificación nos alegra y ese emoticono fugaz parece calmar la zozobra del desamparo. «¡Le gusta! ¡Qué guay!» Aquellas personas que tienen déficit importantes en este sentido, en particular los menores más vulnerables, van a ser «carne de cañón» de una pléyade de timadores sin escrúpulos ni ética alguna, que se aprovechan de esas carencias.

Somos individuos frágiles y vulnerables en asuntos afectivos. Nos agarramos a un clavo ardiendo, aguantamos carros y carretas por temor a estar solos. Con tal de no ser rechazados. De no tener amor. Aprendemos a no mostrar esas fragilidades por temor al sufrimiento, escondiéndonos tras un velo, que difumine nuestras emociones y sentimientos.
Es cierto que la opinión y valoración de los demás nos condiciona, porque es igualmente oportuna y esencial, pero parece razonable proponerse la difícil tarea de minimizar esa influencia –con los recursos personales necesarios que denomino «escudos de protección»– y que nuestra autoestima psicológica y corporal sean lo suficientemente consistentes como para afrontar las inevitables interacciones, conflictivas o no, con nuestro entorno cercano a lo largo de la vida.

Desde mi propósito formativo y de prevención, que me acompaña a modo de sombra permanente, considero necesario hablar con los hijos e hijas de todo ello. Cultivar y reforzar su autoestima y conocer estos mecanismos para evitar sufrimientos innecesarios. Que no se pierdan a sí mismos, ni su dignidad, para no sentir el rechazo, que no se comporten con el otro de manera dependiente para evitar su malestar. Que no se vendan por unos cuantos «me gusta». Que su vida es muy preciada y que vale la pena, no una veleta.

Que sepan, que sientan en lo más profundo de sí mismos, que ellos y ellas son valiosos e importantes para ellas y ellos mismos. Y que nosotros los aceptamos y los queremos incondicionalmente. Tal y como son. Y hay que decírselo cuantas veces sea necesario, aunque nos llamen pesados.

Las redes sociales han venido a mostrar nuestras carencias. Nos dijeron que nos iban a liberar, que íbamos a tener más tiempo libre y mucha más libertad… pero nos han engañado, nos han encadenado a la pantalla, haciéndonos adictos de sus notificaciones y contenidos, a cambio de unos pocos likes y otros datos personales para usos nada claros. Bueno sí: control y pasta otra vez, porque los neoliberales no hacen nada gratis. En cualquier caso, en mi modesta opinión, es preciso conocer estos riesgos para no sucumbir a su poder omnipresente.

De esto he escrito en otros artículos y en mis libros "Tus hijos ven porno"  1 y 2, en los que hablo ampliamente de esos riesgos de Internet, proponiendo algunos criterios educativos.

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