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EDITORIALA

Pluralidad en orígenes, medios y argumentos por un fin común


En la política contemporánea la pluralidad es tanto un valor positivo como una molestia operativa. Al menos así parecen vivirla la mayoría de quienes la tienen que gestionar. Pero como valor que es, dada la complejidad social actual y teniendo en cuenta la resiliencia de las estructuras de poder establecidas, las opresiones vigentes, de su gestión depende en gran medida la eficacia de las políticas que buscan cambios, el logro de los objetivos políticos marcados por las mayorías sociales.

La garantía de los derechos, la prevalencia de la justicia y la consecución de las libertades dependen en gran medida de articular y gestionar esa pluralidad, de la confluencia de todas las personas y organismos que comparten esa necesidad de cambios en movimientos con agendas claras, con liderazgos compartidos, con una cultura política democrática, seria y transparente.

A menudo la pluralidad se mide en adhesiones partidarias, en la participación de dirigentes o, cuando menos, de votantes en esas iniciativas. En una sociedad tradicionalmente parroquiana como la nuestra, mucha gente sigue manteniendo las filas prietas aun cuando esas posturas entran en contradicción con sus más profundas convicciones éticas y políticas. Esa concepción ha funcionado como inhibidor de la empatía al sufrimiento ajeno durante muchos años. Es lo que se ha venido a resumir como «mirar para otro lado». Es lo que ocurre con esa gran mayoría social que, por las más diversas razones, cree que la política de venganza para con los presos políticos vascos y sus allegados debe cesar, pero no da el paso a adquirir algún compromiso. No necesariamente acudir a la movilización de ayer, claro. También es cierto que, para eso, hay que ampliar esa oferta de compromisos y extender esa red de solidaridad. Sare y Bagoaz tienen ese potencial aglutinador.

Es posible que las marchas de ayer marquen un antes y un después en esta dinámica. Depende de cómo se gestione el capital acumulado, las frustraciones pasadas y las ilusiones futuras. La defensa de esa política cruel es insostenible, marginal en el discurso público en Euskal Herria. Y la pluralidad real de quienes ayer portaban la pancarta a ambos lados del Bidasoa rompe barreras. En este sentido, quebrando esos inhibidores de la empatía, merece un especial reconocimiento Rosa Rodero. Su discurso contiene lecciones que interpelan a todos.

Responsabilidades distintas

Uno de los problemas de la visión parroquiana es que ha provocado en nuestra sociedad cierta cultura de la irresponsabilidad –«no es mi problema»–, aderezada con un fatalismo conservador –«las cosas son así y lo que yo haga no las cambiará»– que justifica posturas cínicas y extemporáneas. Cuando esa cultura impregna a las instituciones, el problema es distinto, más grave. Ciertas instituciones y partidos se desentienden de la conculcación de derechos que sufre una parte significativa de sus conciudadanos, no asumen su reponsabilidad y no cumplen con sus obligaciones. Su lectura no es política, ni siquiera ética, sino moralista e interesada. El contraste entre Bilbo y Baiona ayer debería hacer sonrojar a los representantes políticos de Hego Euskal Herria.

Una agenda para este momento y esta sociedad

La pluralidad que se reflejó ayer no solo es de personas, también es de enfoques y argumentarios para la vuelta a casa de los presos y las presas. Para avanzar como agenda requieren jerarquizarse y armonizarse, sin por ello anularse los unos a los otros. Los familiares representan la injusticia y tienen un triste protagonismo que resulta inapelable; los presos enfermos muestran el grado de crueldad de los estados y la conculcación de derechos humanos básicos; los representantes de Ipar Euskal Herria han establecido estas demandas en el marco de la resolución del conflicto; las furgonetas de Mirentxin que llevan a los familiares a las cárceles, entre otros organismos, muestran la importancia de la asistencia, la solidaridad y el voluntariado; la vía jurídica exige constancia y otros plazos; la dimensión internacional tiene diferentes ámbitos, desde los mencionados jurídico y solidario hasta una vertiente diplomática que habría que reforzar; los prisioneros, como militantes, y sus organizaciones, tienen un papel crucial para abrir definitivamente esta nueva fase política.

Esa pluralidad es un tesoro político, difícil de gestionar, pero capaz de provocar cambios. Ayer hubo menos gente que otros años, y sin embargo hay más opciones.