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TABAKALERA DE DONOSTIA, UN PATRIMONIO DESFIGURADO

Hoy primer lunes de octubre, se celebra el Día Mundial de la Arquitectura, instaurado por el Congreso de la Unión Internacional de Arquitectos en 1985. Como en otras ocasiones el arquitecto Iñaki Uriarte habitual colaborador de GARA expresa su opinión.


Las Reales Fábricas constituidas por la monarquía española eran edificaciones industriales dedicadas a producir objetos diversos para los palacios reales y a las clases nobles con manufacturas muy distintas desde lo ornamental, a las armas o artículos de consumo como el tabaco. Entre las establecidas en aquel régimen destaca sobremanera la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla (1728-1756) por su calidad arquitectónica y dimensiones (184 x 147 metros), dedicada desde 1956 a Universidad. Posteriormente se construyeron otras, Madrid (1780), Cádiz (1829) y por el mismo autor que esta, el ingeniero de caminos al servicio de la corona Mauro Serret, la de Donostia con la participación de otro ingeniero José Tarancón y del arquitecto municipal José Goicoa.

La Fábrica de Tabaco de San Sebastián se construyó entre 1886 y 1913 a expensas del Ayuntamiento que ofreció el terreno en el Paseo de San Francisco del barrio de Egia junto al trazado y estación del Ferrocarril del Norte. Se trata de una edificación industrial de planta rectangular y gran tamaño 113 x 76 metros distribuida en sótano, planta baja, principal y segundo piso en la que su tipología constructiva origina cuatro grandes patios, resuelta con una composición axial de elegante sobriedad que se enfatiza en su fachada principal con un cuerpo central más destacado remarcando la puerta de entrada que por un amplio vestíbulo conduce a la majestuosa escalera principal, quizá el elemento de más fuerza expresiva.

El edificio, al cesar su uso tras la privatización por la empresa Altadis del comercio del tabaco en 2003, fue adquirido por el Ayuntamiento, la Diputación y Eusko Jaurlaritza con intención de dedicarlo a la cultura. Por sus dimensiones y composición evoca más a una función palaciega o administrativa siendo una de las más valiosas arquitecturas industriales de Gipuzkoa y la única que alude al pasado fabril de Donostia.

Concurso de ideas

Tras un convenio entre las tres administraciones se decidió la creación de un Centro Internacional de Cultura Contemporánea, primera dejadez al no haber optado por una denominación única en euskara, tratándose de cultura, y en junio de 2008 se convocó un concurso internacional de ideas para la “Renovación arquitectónica del edificio.” Segunda frivolidad, al tratarse de una arquitectura excepcional, no se plantea en términos de rehabilitación con respeto a las preexistencias, basta con renovar, que en la práctica significa como se ha demostrado en este y otros tantos casos deformar, descontextualizar, derribar y fachadismo,

Con esta inadmisible falta de criterios culturales patrimoniales previos y un presupuesto orientativo de 42,3 millones de euros concurrieron 61 propuestas que tras una serie de cribas se redujeron a las nueve finalistas de las que a finales de diciembre de 2008 surgió la ganadora con el lema 3 en Raya de un equipo de prestigiosos arquitectos catalanes. A la vista del proyecto la Asociación Vasca del Patrimonio Industrial y Obra Publica razonadamente expuso sus objeciones a la evidente pérdida de muy significativos rasgos y valores de su indudable carácter industrial.

El problema de estos concursos de gran trascendencia que suponen intervenciones en conjuntos patrimoniales son siempre las bases que no analizan los valores compositivos, formales, tipológicos, estructurales e históricos existentes. Asimismo es cuestionable en general, el jurado, compuesto en esta ocasión por demasiados políticos que en asuntos culturales, y entre ellos el legado arquitectónico, demuestran reiteradamente no solo ignorancia, sino sus impulsos destructivos. Aprecian la grandilocuencia y megalomanía y solo tienen capacidad para leer las memorias, pero analizar planos tan complejos como en este caso es una tarea difícil y quizá solo ven aspectos formales de materiales, fachadas y volúmenes.

Por todo esto, resulta decepcionante el voto de la exconsejera de Cultura, de la exdiputada de Cultura de Gipuzkoa y especialmente de la arquitecta jefa de Servicio de Patrimonio de la Diputación.

Considerado como hito referencial, en esta desdichada celebración de la Capitalidad Cultural, Tabakalera supone un ejemplo de intervención en patrimonio arquitectónico e industrial desafortunado por su irrespetuosidad con un drástico vaciado y saqueo de la expresividad de sus indudables valores espaciales, constructivos y tecnológicos de sus espacios interiores fabriles.

Asimismo es una desfiguración paisajística del frente fluvial, un lugar sin alma, presentado como un síntoma de cultura contemporánea y criticado multitudinariamente por la ciudadanía y por muchos arquitectos. Es la destrucción creativa. Un despilfarro final de 75 millones de euros y presentar como un triunfo lo que en realidad es otra cosa. Diferente cuestión es la centralidad y representatividad de las diversas entidades culturales emplazadas, la actividad programada, su repercusión social y el temor a que la provocativa terraza añadida acabe siendo acaparada por el clan de los cocineros espectáculo.

De esta forma, torna inaceptable que en las bases del concurso se citara que: «Tabakalera seguirá siendo una fábrica, una fábrica de cultura visual. En sintonía con esta idea, la renovación arquitectónica se plantea desde el respeto a la singularidad y al carácter fabril de edificio». Evidentemente falso, no se ha cumplido.

Con estas premisas los autores del proyecto, a los que en ningún momento se cuestiona su reconocida trayectoria y capacidad y a los que conozco por lo que resulta incómoda, pero sincera esta crítica, pueden proyectar lo que consideren oportuno, otra cosa es la oportunidad de una intervención semejante en un edificio de esta singularidad y emplazamiento urbano tan paisajístico.