Iraia OIARZABAL
BILBO
Entrevista
TANIA MERELAS
AUTORA DEL LIBRO «COMENZAR DESDE CERO»

«El imaginario social sobre el comportamiento de la víctima sigue ejerciendo violencia»

Doctora en Ciencias de la Educación y socia trabajadora de la Cooperativa Arabías de investigación-acción socioeducativa y género, ha participado recientemente en unas jornadas organizadas por la Universidad de Deusto sobre la materia.

«Comenzar desde cero» es el reto al que deben enfrentarse muchas mujeres tras vivir situaciones de violencia machista. En ese proceso, no son pocas las dificultades: desde la carga sicológica del maltrato sufrido a la falta de apoyo o de recursos para iniciar una nueva vida. Tania Merelas aborda todo esto en su libro, con el que busca ahondar en el imaginario social sobre la violencia machista y abrir caminos que pasen de la visión de víctima a la de mujeres con un camino por delante.

Estamos en vísperas del 25 de noviembre, fecha señalada en la que las ventanas se visten con puntos lilas, la denuncia de la violencia machista sale a la calle… En su libro “Comenzar desde cero” ha tratado de poner voz a las víctimas. ¿Qué busca trasladar con su trabajo?

El libro nace de la necesidad de visibilizar el trabajo de mi tesis doctoral y publicarlo en formato de ensayo divulgativo para llegar a más público, a profesionales, al movimiento feminista… El objetivo fundamental de la investigación era, por una parte, comprender el proceso de recuperación que enfrentan las mujeres que se acercan a una institución de acogida, entender las secuelas que deja la violencia y lo que enfrentan. Porque tendemos a pensar que una vez que pusieron fin a la relación de violencia la violencia machista termina, pero sabemos que no es así. Se inicia todo un proceso donde hay una serie de dificultades que se suman a esa violencia que continúa latente. Quería comprender realmente cómo se sienten las mujeres que están en un recurso de acogida, qué les pasa por la cabeza, cuáles son las dificultades que enfrentan… también para evidenciar la complejidad del reto que enfrentan. A veces socialmente planteamos la necesidad de que rompan esa relación de violencia y no tengo del todo claro que articulemos los apoyos necesarios para que se pueda dar esa situación desde una posición de seguridad, de cuidado y de protección hacia ellas.

¿Qué se ha encontrado en esa inmersión en el reto vital, material y sicológico de superar la violencia machista?

Lo que encontré hablando con las 16 mujeres que estaban en aquel momento en la Casa Malva de Xixón es que la violencia física es una evidencia muy potente que deja unas secuelas y que también tiene un impacto emocional, pero que la violencia emocional en numerosos casos era vivida como una violencia particularmente dura porque deja una huella muy profunda. Las dificultades que enfrentan son numerosas y esto también lo tenemos que tener claro. La mayor parte de las mujeres que yo entrevisté tenían hijos e hijas, estaban solas ante la maternidad, con un vínculo materno filial que en ocasiones está deteriorado y viene dañado por la situación de violencia que se vivió. Por otra parte, enfrentan una situación en ocasiones de precariedad a nivel laboral, de vivienda… y todo esto complica todavía más su proceso de recuperación.

Me gustaría poner el foco en el hecho de que la realidad que yo narro en el libro nos sitúa en un recurso de acogida y esto implica que aunque no hay un perfil de mujer en situación de violencia machista en ocasiones sí que hay determinadas características comunes en quienes llegan a estos recursos. Tienen en común esa situación de mayor vulnerabilidad, pero esto sucede en los servicios sociales. ¿Por qué? Pues porque las personas que tienen otras oportunidades a veces resuelven sus problemas de otras formas. Si tengo recursos económicos a lo mejor la terapia la resuelvo de manera privada y no me voy a un recurso público. Es decir, que cuando llego a una casa de acogida habitualmente es porque no había otras alternativa de apoyo.

El riesgo de exclusión es uno de los factores más evidentes.

En ese sentido yo creo que la Casa Malva sí que es un ejemplo de apostar por romper con el paradigma de las casas refugio y plantear un modelo de atención integral abierto y con presencia activa en la comunidad. Hay una preocupación desde el propio diseño arquitectónico de la infraestructura hasta la manera en que se trabaja para promover esa integración y que el centro no sea visto como algo a ocultar, algo que contribuye a esa estigmatización. Todo lo contrario, hace responsable también a la propia comunidad para articular los mecanismos de apoyo.

Habla del estigma. ¿Hay un imaginario concreto en relación a la violencia machista sobre el que conviene reflexionar?

Tenemos que plantearnos una visión estructural en relación a la violencia machista. Como tal, las mujeres estamos en una situación de vulnerabilidad con independencia de nuestra posición y circunstancias. Lo que ocurre es que después se produce una interseccionalidad con otros elementos que pueden amplificar la situación de violencia. De hecho no hablamos únicamente de violencia en el contexto de pareja, es una forma de violencia machista pero yo puedo tener una pareja muy igualitaria y muy respetuosa y sufrir abuso sexual a nivel laboral o por cualquier otro hombre que me encuentre en la calle. Al final la violencia nos afecta a todas y es importante visibilizarlo. Las mujeres que llegan a un recurso de acogida no es por que fueran menos listas que el resto sino porque se dieron una serie de circunstancias que a lo mejor requirieron de unos recursos y mecanismos de protección que no se activaron.

La práctica demuestra que hay importantes carencias en el sistema de asistencia social, el institucional o el jurídico.

Hay pasos dados para que podamos estar mejor de lo que estamos. La Ley Integral de 2004, con todas las mejoras que son necesarias, establece en su articulado la atención integral. Esto pasa porque atendamos la violencia machista desde distintas miradas: social, sanitaria, educativa, policial, de protección... Todos esos agentes tienen que intervenir y tienen que estar formados desde un enfoque feminista para comprender la realidad en la que están trabajando. Necesitamos una apuesta clara en recursos y en profesionales.

Lo contrario implica riesgos como la revictimización y la reproducción de la violencia.

Las instituciones tenemos que evitar seguir culpabilizando y victimizando a las mujeres que están en esta situación. Ellas mismas plantean la necesidad de dejar de verlas como víctimas. De hecho, si nos paramos a reflexionar la violencia machista es de los pocos delitos, o el único, en el que se es víctima y no se está en condición de víctima. En otros delitos no se es víctima durante toda la vida. En el caso de la violencia machista se produce este efecto. Obviamente, pasaron por un momento de violencia pero están en un proceso de recuperar las riendas de su vida y no tenemos que verlas desde ese enfoque de debilidad.

En ese sentido, el libro lo que plantea es analizar dentro del proceso de recuperación qué papel tiene el tiempo de ocio. Cambiando un poco el enfoque y dando una visión más positiva y más empoderante. Es un espacio para recuperar la autoestima, ganar en identidad... Creo que esto se logra de manera muy potente a través de la participación social. Tenemos que articular otro tipo de miradas en relación a las mujeres que están en una situación de violencia machista.

Todo ello tiene un vínculo muy concreto con la carga sicológica de ser y sentirse víctima.

La carga sicológica es muy potente. Simplemente el verbo que utilizamos, ser víctima o estar en una situación de víctima marca una diferencia sustancial en la autopercepción y en la percepción de las demás personas. Cuando hablamos del tiempo de ocio, en ocasiones también se pone en cuestión. ¿Cómo vamos a hablar de diversión si estamos en una situación de violencia o en un proceso de recuperación? Tenemos una idea preconcebida de lo que se supone que es una víctima y cómo se tiene que comportar. En el caso del juicio de «La Manada» se aceptó una prueba en donde la chica hacía una vida normal, luego no sería tan víctima. Hay un imaginario social construido sobre cómo debe comportarse una víctima y es un imaginario que sigue ejerciendo violencia. Porque en el momento en que muestre una imagen que no corresponde con esa idea de víctima se puede poner en duda el hecho de haber sufrido violencia, cuando en realidad en cualquier otro tipo de delitos o situaciones traumáticas de nuestra vida animaríamos a esa persona a salir adelante, a poner una sonrisa y a continuar con su vida.

El feminismo incide mucho en la necesidad de cambiar ese imaginario y para ello insertar la perspectiva feminista en diversos ámbitos.

Creo que como profesionales, bien desde la educación, la justicia, la medicina, la economía y otros tantos ámbitos sociales es importante que nos formemos desde una perspectiva feminista. Los mandatos de género están ahí y nos condicionan en nuestra conducta. Como profesionales tenemos que ser conscientes de ello y hacer una revisión para transformar estas situaciones de desigualdad.

Ha participado en unas jornadas con una alta participación de chicas y chicos jóvenes. ¿Esto nos ofrece alguna pista?

Ver el impulso de las últimas huelgas feministas es ilusionante y esperanzador. Muestra que somos conscientes de que las situaciones de desigualdad y violencia no son tolerables. Creo que el feminismo en ese sentido tiene toda la legitimidad y la razón de ser. Se lleva a cabo desde una revolución pacífica que va sumando personas precisamente porque cuando llegas al feminismo o el feminismo llega a tu vida, de alguna manera hay elementos que se van transformando de una manera positiva.