Patxi IRURZUN
IRUÑEA
Entrevista
MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ
ESCRITOR

«Lo que he escrito se acomoda bien al desdiós que estamos viviendo»

“Moriremos nosotros también” (Pamiela), el último libro de Miguel Sánchez-Ostiz, comenzó siendo la tercera parte de “El escarmiento” y “El Botín”, para acabar reivindicando su propio carácter y hermanarse con otros artefactos del autor de “Las pirañas”, como “Perorata del insensato”. Una obra escrita a contrapelo, porque, como dice el escritor iruindarra, no queda otra.

Ni planteamiento, ni nudo, ni desenlace. Un desbarre. Ya lo advierte el propio Sánchez-Ostiz en la primera página de su último libro (que se sepa, lo mismo cuando sale esta entrevista ya ha aparecido otro, pues Sánchez-Ostiz siente que el tiempo se le ha echado encima y escribe, felizmente para sus lectores, con urgencia). En “Moriremos nosotros también” se mezclan la autoficción, el disparate, el retablo de guiñoles, el soliloqueo (ese feliz palabro inventado por el autor), la memoria personal y la histórica, la picota, empezando por uno mismo, y el humor, que a unos divertirá y a otros irritará (con esa intención, además, está escrito). Un calderete literario, en fin, con mucha sustancia en el que borbotean temas como el paso implacable del tiempo o el ascenso de la ultraderecha, todo ello en una ciudad imaginaria y portátil poblada por matones con pedigrí, cayetanos, txapelgorris o algunos viejos conocidos de los lectores sanchez-ostiznianos, como Basurde, Potzolo, Gezurtegi...

«Moriremos nosotros también» lleva por subtítulo «Desbarre y fuga». ¿Qué es este artefacto narrativo?

Un relato sin género preciso, y poco convencional en su forma, en el que se mezcla la ensoñación delirante de intención burlesca, la memoria de lo vivido, la crónica y el testimonio del presente, y el disparate furioso. No niego esto último. El lector debe aceptar el pacto que le proponen esos dos narradores, el amigo Lanbroa (Niebla) y Matías, que le espolea y comparte sus recuerdos. ¿Hablan a tontas y a locas? Es posible.

Ha comentado que la novela originalmente surgió como una tercer parte de «El Escarmiento» y «El botín», pero parece que después cogió un vuelo que la acerca más a otras obras suyas.

Así es. Las primeras páginas, que no se corresponden con la versión actual, proceden de esos dos títulos que citas y de “La sombra del Escarmiento”. Luego se fue transformando en otra cosa, fruto de una urgencia que tiene que ver con la edad que se me ha echado encima, así lo siento al menos, y el verdadero argumento de la obra, aquel de Gil de Biedma: envejecer, morir. Una perentoria necesidad de contarse y ponerse más o menos en claro, al límite de lo prudente, con una forma en la que me siento cómodo: el soliloqueo, esto es, el loquear en solitario… Me gusta mucho, mucho más que un relato y una prosa convencionales con planteamiento, nudo y desenlace, como quiere otro personaje aludido en el libro: el editor Murillo el Cuende. Creo que lo que he escrito se acomoda bien al desdiós que estamos viviendo desde hace unos años y que con la pandemia ha ido a más.

En todo caso sí que en «Moriremos nosotros también» se plantea hasta qué punto y de qué manera nos afecta la sombra del escarmiento, la ultraderecha, los golpistas y sus herederos…

Ese es el sentido testimonial que apuntaba antes, una respuesta a lo que considero una peligrosa agresión: esa gente te haría de verdad daño si tuviera la oportunidad.

¿El libro va a divertir a muchos pero a otros no tanto? (De hecho, ha comentado que precisamente, entre otros motivos, lo has escrito por eso).

Pues sí, cuento con bonitos antecedentes, alguno de los cuales están relatados aquí a modo de ajuste de cuentas, pero como ya voy escarmentado, no voy a cometer el error de hacer otra vez de Don Tancredo.

En todo caso, y esto también es algo que suele señalar, para criticar o reírse de los demás lo justo es empezar por uno mismo y en «Moriremos nosotros también» hay un capítulo con una feroz autocrítica.

En efecto, eso me decía mi añorado Carlos Castilla del Pino: de armar una picota para tirar pellas, subirse uno mismo a ella, lo demás es una estafa. Y en “Moriremos” hay un capítulo que es una reflexión sobre quién fui, qué pude hacer cuando era más joven y no hice o hice mal, al margen de autoburlas aquí y allá.

El libro, en ese sentido, tiene un fuerte componente autobiográfico, con autorreferencias a algunas de sus obras, alusiones a un tal Sánchez, etc. ¿Hay, como dice en él, una purga del corazón? Y, aunque sea una etiqueta, como todas muy manida, ¿tiene que ver con eso que se ha dado en llamar autoficción?

Autoficción (mucha, mucha…), metateoría, intertextualidad y posmodernidad hubo en “Cornejas de Bucarest”, pero como me burlaba a modo de la cátedra que sobre esos asuntos pontifica, nada dijeron. Aquí de todo eso hay poco, la verdad. Las autorreferencias son burlescas, prima más lo de verdad vivido, algo que, en efecto, a algunos les gustará poco porque tal vez lo habrán vivido y recordarán o inventarán de otra manera. ¿Purga del corazón? No sé yo si eso no es un saco de humo exhibido un tanto a tontas y a locas para ponerse en escena. Porque, ¿de verdad te liberas de tus fantasmas y ruidos escribiendo? Lo dudo: un alivio, puede; una liberación, apenas.

¿Nos puede contar algo sobre ese escenario en el que ubica la narración, Torresmotzas del Baruglio?

Es un homenaje evidente a Torrente Ballester con su Castroforte del Baralla, una ciudad voladora que, en mi caso, me fue sugerida también por el cuadro de Goya “Asmodea”, en el que se ven a unos personajes que huyen por el aire de una ciudad amurallada. Obviamente no muchas ciudades pueden tener una taberna atendida por simpáticas Catrinas que se llame La Huerta de Larequi, una plaza porticada donde pueden agredirte matones de alcurnia, un barrio que se llame Beritxitos, unos antros manejados por un gángster llamado Martín Puter King, unos txapelgorris que en las callejas más oscuras gritaban «¡Traición!» y etcétera… En todo caso, como sucede con la taberna citada, la ciudad en su calidad de imaginaria es portátil: la pongo donde me conviene y trazo sus calles y barrios donde y como mejor me parece. De hecho, en Torresmotzas hay calles y locales madrileños. Por lo que se refiere a algunos de sus habitantes, lo mismo son muy de Torremotzas que genuinos Cayetanos del Madrid más repulsivo que hace de la rojigualda patriótica un negocio de primera, como siempre.

«Escribe mientras puedas y si es a contrapelo, mejor. No hay otra», escribe hacia el final del libro. ¿Esa es la divisa que pueda definir su literatura?

¿Queda bien, eh? Altivo, épico… Luego la realidad es que, como todo el mundo, haces lo que puedes y todo lo posible por flotar en esta ciénaga o por irte en busca de mejores vientos. Eso, a gustos.