Karlos ZURUTUZA
MADRID
Entrevista
AHMED RASHID
PERIODISTA Y ESCRITOR EXPERTO EN AFGANISTÁN Y PAKISTÁN

«Este caos puede conducir al fin de Afganistán»

El periodista más referencial sobre el conflicto afgano comparte con GARA su lectura de un momento en el que el Gobierno de Kabul se ve acorralado entre al avance de los talibanes y la retirada de los estadounidenses.

En una cafetería del centro de Madrid, Ahmed Rashid (Rawalpindi, 1948) se levanta para saludarnos mientras dobla cuidadosamente “The New York Times”. «Solo ellos hablan de Afganistán, es como si ya no le interesara a nadie más», dice este paquistaní que ha firmado infinidad de artículos y columnas de opinión en ese mismo periódico y sobre un país que conoce bien. Rashid también es autor de varios libros de ensayo sobre la zona, de entre los que “Los Talibán” es el más conocido (más de un millón y medio de ejemplares vendidos desde su publicación en 2002).

En otra vida pasó diez años en la guerrilla baluche arrastrado por un ideal internacionalista (él es punjabí) y en esta sigue viviendo en Pakistán, vigilado pero protegido por su enorme proyección internacional. “The New York Times”, “The Washington Post”, la CNN o la BBC… no hay cabecera internacional de prestigio que no cuente con él cuando se trata de descifrar la complejidad de un conflicto que, como dice, nos parece cada vez más lejano.

Lo cierto es que Afganistán no se ha movido del mapa, solo lo hacen todos aquellos que llegaron e intentaron quedarse. En vísperas de que se cumplan veinte años del 11S y la posterior invasión del país hoy les toca a los estadounidenses. Se cierra un círculo, pero en falso.

Los estadounidenses se van mientras los talibanes encadenan victorias en todo el país. ¿Qué es lo siguiente?

Los talibanes son fuertes no solo en sus zonas tradicionales del sur, como Kandahar o Helmand, sino también en distritos del norte como Mazar-e-Sharif, con un Ejército afgano en retirada. El rearme de muchos señores de la guerra para hacer frente a los talibanes puede conducir a una guerra civil multidimensional: tayikos que reciben apoyo de India e Irán; uzbekos, el de Turquía y Uzbekistán; pastunes, incluidos los talibanes, el de Pakistán… Puede ser un escenario como el que quedó tras la retirada de los rusos hace treinta años que arrastre a todos los países de la región. Este caos puede conducir al fin de Afganistán.

¿Por qué fallaron las conversaciones de paz en Doha?

Los talibanes consiguieron la liberación de prisioneros y mucho más, pero Kabul no se llevó nada. Los estadounidenses regalaron la tienda, Trump tenía prisa por poner fin a aquello cuanto antes y nadie podía controlarlo. Otro de los fracasos de Washington ha sido la incapacidad para construir consensos en la región, algo imprescindible para contener a los talibanes. Los rusos, por ejemplo, rechazaron la conferencia de Turquía e inmediatamente invitaron a una delegación de los talibanes a Moscú. Eso no debería suceder, debería existir una línea de actuación sólida y consensuada entre todos.

Ashraf Ghani, el presidente afgano, también se ha demostrado incapaz de prácticamente todo.

Hay una ira y un resentimiento cada vez mayores contra Ghani porque su fracaso a la hora de unir la resistencia afgana es obviamente una gran ventaja para los talibanes. Aquella resistencia contra los soviéticos respaldada por la comunidad internacional mantuvo a Afganistán unido, pero ahora ya no habrá ninguna superpotencia detrás, y eso será trágico. Por otro lado, la corrupción y el favoritismo en el Gobierno de Kabul han sido y siguen siendo los ejes de un sistema profundamente arraigado en el robo y el expolio a todos los niveles.

¿No han sido los señores de la guerra parte del problema desde el principio?

Sí. Los estadounidenses los llevaron hasta el Gobierno de Kabul, a menudo en altos cargos gubernamentales, pero no había un plan general de seguridad o político para unir a toda esa gente. Todas las elecciones eran amañadas por los señores de la guerra, o el presidente Karzai, o Ghani… El verdadero fracaso ha sido esa falta de unidad entre la resistencia afgana, pero también ha sido un fracaso internacional. La OTAN y el resto de las fuerzas internacionales deberían haberse concentrado en eso desde el principio. Dejaron el tema en manos de la ONU, pero esta última careció del apoyo de los estadounidenses, que se alejaron de Afganistán como lo hicieron cuando se fueron los soviéticos. Después de la guerra en Afganistán, Washington se concentró en una nueva guerra en Irak dejando solos a los afganos. Eso permitió el regreso de los talibanes.

Mientras tanto, Washington también inyectaba miles de millones de dólares en Pakistán. ¿Cómo se entiende?

Apoyaban a Musharraf, quien tenía esta doble estrategia: ofrecía bases paquistaníes para respaldar las operaciones con drones de los americanos y, al mismo tiempo, apoyaba a los talibanes. Su resurgimiento nunca se habría producido sin la ayuda de Pakistán. En 2002 habían sido totalmente aniquilados y fue entonces cuando se logró todo el progreso en educación, reconstrucción… Pero en 2004 los talibanes volvían a ser un actor importante. Ese fue el fruto de la negligencia de los estadounidenses y de su estupidez por ir a Irak en 2003.

China tiene una presencia cada vez mayor en la región y mantiene vínculos estratégicos muy estrechos con Pakistán. ¿No ha aprendido Pekín la lección de los estadounidenses?

Hace tres años, cuando Pekín comenzó a hablar con los talibanes en China y las delegaciones chinas se reunían con ellos en Pakistán, parecía que China podía convertirse en un mediador clave para sellar una paz que permitiera la construcción de su nueva Ruta de la Seda a través de Asia Central. Los paquistaníes intentaron utilizar a los chinos para convencer a los talibanes de que hicieran la paz, pero estos no aceptaron el acuerdo con Pekín y todo aquello no fue más que un enorme desperdicio de tiempo y de medios. Los chinos ya no quieren dejarse atrapar por un conflicto sin fin y en el que no hay nadie que les escuche. Sintonizarán con la línea de la comunidad internacional, pero no tomarán ninguna iniciativa. Es otro gran fracaso por parte de los talibanes y Pakistán porque los chinos podrían haber jugado un papel importante en la paz y la estabilidad.

Siguiendo con los vecinos, Irán siempre se sintió amenazada por la presencia estadounidense en Afganistán. ¿Cambiarán las cosas a mejor para Teherán ahora que Washington se va?

El caos en Afganistán también le salpicará, pero no creo que Irán se involucre porque ya tiene suficientes problemas. Eso sí, sufrirá las presiones de algunos de los señores de la guerra tradicionales que pedirán ayuda, y estos no se irán con las manos vacías.

¿Es posible estabilizar Afganistán sin la colaboración de Islamabad?

No, pero puede que a Islamabad no le quede más remedio. Imagínese una guerra civil en Afganistán: los talibanes paquistaníes reaccionando y volviéndose mucho más agresivos; millones de refugiados cruzando la frontera para sumarse a los que ya lo hicieron hace años… Todo esto representa una gran amenaza para Pakistán. De momento, los talibanes siguen beneficiándose de ese santuario y mientras el Ejército y la Inteligencia paquistaníes continúen ofreciéndoselo no se verán forzados a asumir ningún tipo de compromiso con Kabul. ¿Por qué deberían hacerlo cuando sus líderes y sus familias están a salvo al otro lado de la frontera? Un santuario en una guerra de guerrillas es de suma importancia: nadie puede derrotarte porque no estás ahí para ser derrotado, estás viviendo en un tercer país. Si Pakistán quiere mostrar una voluntad de paz debería presionar a los cuadros talibanes para que se comprometan o abandonen sus santuarios en Quetta o Peshawar.

Un Afganistán bajo la influencia de India es la mayor pesadilla de Islamabad.

Tienen la ambición no de gobernar Afganistán, sino de asegurarse de que el liderazgo en ese país sea siempre pro Pakistán. No les gustaba Karzai porque era demasiado independiente y tampoco Ghani porque su vicepresidente sigue hablando negativamente del papel de Pakistán. Nunca estarán contentos con nadie en Afganistán porque los afganos son nacionalistas, son patriotas y jamás comprarán el discurso del ISI (los servicios secretos paquistaníes).

Kabul ni siquiera reconoce la línea Durand (la frontera oficial entre ambos países).

Así es. El nacionalismo afgano está arraigado hasta el punto en que todos los grupos étnicos se llaman a sí mismos ‘afganos’. Hubo un intento durante la ocupación soviética de dividir el norte y el sur: tayikos y uzbekos se convertirían en una especie de protectorado soviético mientras que el sur podría hacer lo que quisiera. Ni siquiera Dostum o Massud (señores de la guerra uzbeko y afgano, respectivamente) querían algo así. Y no perdamos de vista a los hazaras. Fueron masacrados por los talibanes y ahora quieren establecer su propia milicia con los que vuelven después de luchar en Siria al servicio del régimen. Creo que se convertirán en otro actor a tener en cuenta en el futuro próximo. En cuanto a los talibanes, nunca podrán traer la unidad a Afganistán porque no son nacionalistas y su agenda wahabita es completamente ajena al país. Además, su dependencia de Pakistán es algo que pesa mucho para el resto.

¿Cree que los talibanes son realmente capaces de gobernar el país si finalmente se hacen con Kabul?

Mucha gente, incluidos algunos ministros de Exteriores, está releyendo mi libro sobre los talibanes. El otro día, Carl Bildt –primer ministro sueco– me llamó y me dijo: ‘¡Dios mío, no ha cambiado nada!’. Es exactamente así. Hoy son más sofisticados, saben cómo controlar los medios y sus hijos saben usar un portátil, pero su visión sobre un emirato islámico sigue intacta. Tenía la esperanza de que estas conversaciones comenzaran invitando a los talibanes a conocer el Parlamento y los ministerios para ver su funcionamiento; que conocieran a mujeres afganas, a emprendedores o a esa generación que ha crecido en los últimos veinte años. Pero los talibanes solo buscan el colapso del régimen para reinstaurar su sistema con algunas modificaciones: habrá una prensa y una televisión bajo su supervisión y algunas mujeres podrán trabajar bajo un burka completo. Eso es todo. ¿Qué ha cambiado? Absolutamente nada.