Raul BOGAJO
GASTEIZ

Más allá del paraíso perdido a ritmo de fox-trot

La editorial Barret publica «Más allá del Valle de Richard», un cómic en tono bíblico y gamberro sobre lo estrafalario de las creencias new age y la gentrificación como epítome del individualismo. Lo firma Michael DeForge, dibujante canadiense gurú de la tira cómica y la utopía ilustrada.

Una de las viñetas que contiene el nuevo cómic de Michael DeForge.
Una de las viñetas que contiene el nuevo cómic de Michael DeForge. (EDITORIAL BARRET)

Animales que filosofan sobre el sentido de la vida. Personajes que se buscan bajo los adoquines de la ciudad postcapitalista, habitada por y para la mirada del turista. Personajes en busca de una identidad dentro de comunidades cada vez más líquidas y efímeras. Todo eso y más está en “Más allá del valle de Richard”, además de gurus, sectas y demás caza recompensas del extravío anímico. También mucha basura tirada por el suelo.

Richard es un gurú despótico, trasnochado y esperpéntico, que gobierna un trozo de parque, concretamente una pequeña parcela de Toronto Park al que sus conversos llaman Valle. Un trozo de naturaleza que intenta ser un paraíso comunitario y que no es más que un compendio de ridículos y absurdos mandamientos. Lyle, Neville, Elli y Omar -un mapuche, un perro, una ardilla y una araña- son expulsados de este edén por utilizar agua “impura”, agua no santificada a través de unas milagrosas piedras. Traicionados por el hermano de Lyle, que se chiva a Richard de este comportamiento poco ortodoxo, son obligados a vagar en busca de redención al otro lado de la carretera que separa el parque de la ciudad. En este errar sin rumbo, más gurús, modernas religiones, músicas de ruido, espacios sin gente y viceversa, protestas contra la especulación y conductores furiosísimos.

Ironía y humor

Este cómic es una “road-movie” bíblica, una cosmogonía en clave de guasa, sin moralina ni fe ni mensaje redentor. La profundidad y capilaridad son sinónimos en este tebeo que parodia el Génesis y difunde el mensaje divino de la ironía sutil y el humor fino: «Soy Paul y soy nuevo aquí», se presenta una araña en el Valle en busca de un milagro para sanar una de sus patas. «Se cómo te llamas», responde Richard, «siento toda nueva presencia en el valle». «¿Y sentir, eso duele?», pregunta Paul. «No, es como sentir un picor en una zona de la espalda a la que no llego».

El demiurgo de este miniverso es el dibujante canadiense Michael DeForge, un autor reconocido en los Doug Wright Awards, los premios más importantes del cómic canadiense. Fulgencio Pimentel publicó una de sus historietas en “Terry”, una antología compartida con otros enormes de la narración gráfica como Jim Woodring, Sammy Harkham o Olivier Schrauwen.

DeForge es un amante de la tira cómica clásica: sus páginas son un revival del formato y la composición de las historietas dibujadas para la prensa. Le encanta el gag concentrado en una o dos páginas y el juego con las acciones paralelas, sincopadas como si los personajes bailaran a ritmo de fox-trot.

El nuevo catecismo de DeForge es una absurda colección de gurús descarriados y almas perdidas entre el caos y el sinsentido de las macrourbes. Personajes que añoran el sentimiento de arraigo y que no reparan en lo disparatado y demencial que es, a veces, su precio; huérfanos, sin proyectos vitales, anhelando utopías en la que cobijarse: «¿Tienes la sensación a veces de que vivir en una ciudad es como estar en una fiesta que se ha alargado demasiado y que toda la gente guay se ha ido muy pronto y los únicos que quedan son un puñado de fracasados desesperados?». «Nunca he ido a una fiesta, suenan divertidas».

“Más allá del Valle de Richard” es otro impagable descubrimiento de la editorial Barrett en formato cómic. Los sevillanos nos iluminan con una nueva perla gráfica de selección Gourmet. Nos encandilaron con “Mono de Trapo” y creímos en Tony Millionaire, y nos han convertido en fieles de Michael DeForge y su secta. También hemos sido adictos al rescate de “Canijo” y, por supuesto, seguimos enganchados a Fernando Mansilla, pero esta ya es otra historia sin viñetas y a otro compás.