
Donostia no tiene cerezos, pero en sus parques se pueden apreciar unas flores de gran tamaño y bonitos tonos pastel, las hortensias. En su primera incursión novelística, ‘Tiempo de hortensias’, Eduardo Escobar hace un guiño a la célebre canción francesa ‘Temps de cerises’, adoptada como himno de La Comuna de París, para narrar un periodo igualmente convulso que coincide con el de su niñez y adolescencia, desde principios de los 60 hasta la segunda mitad de los 70.
La obra ha sido editada por Pamiela, que también publicó su anterior trabajo, ‘53 cigüeñas’, en este caso un ensayo centrado en la memoria histórica y que tiene como hilo conductor a su abuelo, Miguel Antonio Escobar, ejecutado por los franquistas en 1936 en Valcardera (Nafarroa) junto a otros 52 presos republicanos.
El autor cambiaba así el bisturí por la pluma, dos armas poderosas en la mano de quien las empuña. Porque durante muchos años, hasta su jubilación, Escobar fue un reputado traumatólogo, conocido públicamente por dirigir durante casi dos décadas los servicios médicos de la Real Sociedad. David Mariezkurrena, de Pamiela, ha comentado durante la presentación que ‘53 cigüeñas’ despertó «el gusanillo del escritor que llevaba dentro».
Cuando Amara Berri era la periferia
Eduardo Escobar, nacido en Iruñea en 1954, ha agradecido las facilidades recibidas por parte de la editorial a pesar de tratarse de un autor novel, y ha acudido acompañado por el ingeniero y empresario Ignacio Martín, compañero de correrías en aquella infancia en la que de Amara Berri era un barrio de las afueras de la capital, y al que llega en 1962 el protagonista, Fran, procedente de un pequeño pueblo del sur de Nafarroa.
Una época en la que los chavales de la plaza del Sauce, de Morlans, iban a robar manzanas a los caseríos, se tiraban piedras unos a otros o se colaban en la finca de la duquesa de Alba. «Para nosotros ir a San Sebastián era pasar de la Plaza del Centenario», para llegar a la plaza Easo, el Bellas Artes, y más allá.
Toda esta inocencia infantil, que ocupa la primera parte del libro, vive un punto de inflexión en 1968, cuando el protagonista y sus amigos cumplen 14 años y se producen hechos trascendentes tanto a nivel global –el mes de mayo parisino–, como local, con el atentado de ETA contra el Melitón Manzanas y «los desmanes que sufrió la población» por parte de las Fuerzas de Seguridad del Estado.
Crónica generacional
«Nuestra generacion es la que ha convivido con ETA toda nuestra vida, nacimos en el 54-55 y se ha disuelto en el otoño de nuestra vida, y eso ha marcado nuestras relaciones. Sabías lo que pasaba si la Policía te detenía, algunos se iban a Iparralde», ha rememorado Escobar, quien trata de dejar testimonio de cómo fue aquella época para las generaciones venideras.
Con este tensionamiento de la situación política parte de la cuadrilla de Fran se polariza, mientras otros tratan de «no meterse en líos», siguiendo su conciencia o los consejos familiares de unos padres y madres que llevaban en su mochila la represión sufrida en la posguerra.
«Al protagonista yo le cedo buena parte de mi infancia, en la adolescencia ya vuela solo», ha indicado el autor, quien además se toma su pequeña ‘vendetta’ hacia algunos profesores del colegio del Sagrado Corazón de Mundaiz, identificándolos con nombre y apellido «por el maltrato que nos dieron», aunque otros son reconocidos por su buena labor.

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