Kazetaria / Periodista

Pasolini versus Bertolucci, el partido de fútbol más icónico de la historia (del cine)

El 16 de marzo de 1975, en el Parco della Cittadella de Parma se enfrentaron equipos compuestos por los que estaban trabajando en las pelis ‘Saló’ y ‘Novecento’ El mismo PPP participó sin saber que su colega había hecho trampa, fichando a futbolistas verdaderos, entre ellos un joven Carlo Ancelotti.

Bertolucci y Pasolini, en un rodaje por aquella época.
Bertolucci y Pasolini, en un rodaje por aquella época. (Pubblico Dominio)

Dicen que Pier Paolo Pasolini empezó a morir después del 16 marzo de 1975, ocho meses antes de su verdadero fallecimiento, de aquel brutal homicidio que todavía tiene muchas aristas oscuras.

Más que empezar a morir, se agudizó su conciencia del cambio hacia lo peor de una sociedad que ya le estaba creando problemas como intelectual, escritor y director de cine. Y vino exactamente del cine aquel momento de tristeza, aunque inicialmente hubiera tenido que ser justo todo lo contrario, una fiesta entre amigos en nombre del fútbol, la otra gran pasión de PPP: «La última representación sagrada de nuestros tiempos», en sus propias palabras.

El 16 de marzo 1975, en el campo dentro del Parco della Cittadella de Parma, tuvo lugar un partido de calcio de leyenda, entre los equipos de trabajo de dos películas que se estaban grabando a pocos kilómetros de distancia, y que decidieron compartir aquel casi inicio de la primavera con una fiesta futbolística. Los filmes eran, por un lado, ‘Saló–Le 120 giornate di Sodoma’, a la postre el último trabajo de Pasolini, y ‘Novecento’, maxi-producción con Bernardo Bertolucci como director.

Pasolini y Bertolucci eran muy amigos. El segundo, además, era el anfitrión, como parmigiano. Después de aquel partido, ganado por los de ‘Novecento’ por 5-2, la relación se enfriaría un tanto. No por el resultado sino por la manera con la que los de Bertolucci habían derrotado a los rivales.

«120 vs 900» en la Bassa

Estos grandes artistas habían compartido también la decisión impactante de usar un número cómo título: las 120 jornadas de Sodoma, por un lado, y por otro el Novecento (900), el siglo que Bertolucci transformó en una epopeya familiar.

Pasolini quiso grabar su obra en algunas villas en torno a Bologna y Modena, mientras que BB se estableció en aldeas tipo Curtatone, Roncole Verdi, Cremona y Guastalla. En general, menos Bolonia, todos lugares visceralmente de la Bassa, la zona alrededor del río Po ya transformada en mito por las películas de Don Camillo y Peppone.

Tanto ‘Saló’ como ‘Novecento’ son obras extremadamente duras, en el caso de la de Pasolini un verdadero puñetazo en el estómago. En realidad, ese era el objetivo de PPP, empezar la ‘Trilogía de la Muerte’ después de la ‘Trilogía de la Vida’ que habían compuesto ‘El Decamerón’, ‘Los cuentos de Canterbury’ y ‘La flor de las Mil y una Noches’, con sus imágenes alegres y suavemente eróticas. Desencadenarían una larga serie de copias de «segunda división», igual de taquilleras y mucho más tirando hacia el porno, como ‘La bella Antonia, prima monaca e poi dimonia’ o ‘Quel gran pezzo dell’ Ubalda tutta nuda e tutta calda’, entre otros máximos ejemplos «decameróticos».

‘Saló’, coqueta ciudad en el Lago de Garda, última trinchera del régimen fascista entre 1943 y 1945, tenía otro aspecto, otra cara, otro tipo de ambiente. Nada de alegría, nada de amor, sino la pesadilla de la que Pasolini llamaría «la anarquía del Poder»: un grupo de jerarcas fascistas en una villa abusa sexualmente y mentalmente de un grupo de jóvenes, en una especie de contexto dantesco donde para las víctimas no hay ningún tipo de escapatoria o salvación. Chicos y chicas tienen que actuar como perros, practicar sexo entre ellos, comer excrementos y obedecer al Poder, que sabe perfectamente que nadie le va a juzgar.

 

Todo esto en dos horas tremendas donde la fotografía es grisácea, en general gélida, representando así el alma de estos misteriosos hombres y mujeres que abusan sádicamente. De hecho, el titular está inspirado en la obra del marqués de Sade.

Parece el último bofetón a la moral burguesa de Pasolini, que sabe perfectamente que a partir del minuto uno después del estreno tendrá problemas con la ley y la censura. Y es lo qué ocurrirá efectivamente, incluidos detalles misteriosos como el robo de la copia madre de la peli, que probablemente lo llevarán a la muerte, ocurrida en el Idroscalo de Ostia, en las afueras de Roma, la noche entre el 1 y el 2 de noviembre de 1975.

Bertolucci también estará entre aquellos que presencien la oración fúnebre. El director de Parma, él también en el punto de mira de la censura después de ‘Último tango en París’, estaba para entonces todavía en el proceso de grabación y post-producción de ‘Novecento’, un enorme fresco de contraste entre dos familias antes y durante la época fascista, en una aldea muy comprometida políticamente como la Bassa, entre la Emilia comunista y el sur de Lombardia colindante, más fiel al fascismo.

Una película gigantesca, de cinco horas, que –como haría Quentin Tarantino con ‘Kill Bill’– Bertolucci tuvo que dividir en dos partes para no obligar a los espectadores a quedarse medio día dentro de un cine. Existe también la versión «monolito» para los que se atrevan con ella (no estoy en este grupo).

 

El reparto es grandioso, de Gerard Depardieu a Donald Sutherland, de Robert de Niro a Burt Lancaster. La música, tanto de ‘Novecento’ como curiosamente de ‘Saló’, lleva la firma del maestro Ennio Morricone.

Ancelotti «de atrezo»

Hasta aquí las dos pelis, monumentos en la historia del cine de autor italiano. ¿Y el partido? Probablemente –es lo que se escribe por ejemplo en el libro ‘Novecento vs Centoventi’ de Alessandro Di Nuzzo y Alessandro Scillitani–, la idea fue de Pasolini, cuya afición por el fútbol era quizás incluso más profunda que por el cine.

Una afición practicada en primera línea, además. PPP, de hecho, a pesar de sus 53 años jugaba y se entrenaba con regularidad, cada ocasión para él era buena, con un cierto placer por los ritos del vestuario, el aceite para mejorar el rendimiento de las piernas, el espíritu competitivo de un alma inquieta que se había acercado al calcio viendo al Bologna y más precisamente imitando al extremo Amedeo Biavati y su «paso doble», forjado en los partidos en campos de arena en las zonas más periféricas de Roma con sus ‘Ragazzi di vita’.

El robusto Pasolini entrenaba y jugaba con regularidad, pese a sus 53 años. Bertolucci era lo contrario; hijo de una familia acomodada con un padre poeta, se quedó en el banquillo como entrenador

 

Pasolini –un hombre robusto, contra quien nadie quería al choque por el temor de acabar tendido en el suelo– contra Bertolucci, que en el sentido deportivo y humano era todo lo contrario: más burgués, hijo de una familia acomodada con un padre poeta, BB ciertamente no era muy futbolero.

«¿Y si jugamos un partido?», fue la propuesta por parte de Laura Betti, amiga común de los dos cineastas, actriz «maldita», compañera de varias noches prohibidas de PPP en Roma. La ocasión fue el cumpleaños número 34 de Bertolucci, que después de ‘Último tango en París’ había visto enfriarse un poco la amistad con alguien al que veía como a un ídolo y para quien había sido coguionista. A Pasolini aquella historia turbia, la mantequilla entre Marlon Brando y Maria Schneider, no le había gustado, y BB había sufrido por tal opinión.

Para acercarse de nuevo, nada mejor que un partido de fútbol entre las dos troupes, los dos equipos de trabajo, nadie ajeno a las películas según las reglas establecidas. Pasolini aceptó enseguida, mientras que Bertolucci sin avisar buscó refuerzos. Uno de estos fue sin duda Enrico Catuzzi, que acababa de retirarse después de una larga trayectoria como profesional y futuro entrenador en la Serie A Italiana. Otro, bastante más conocido hoy día, era un chavalote que militaba en el equipo juvenil del Parma, y se llamaba Carlo Ancelotti.

‘Carletto’ tenía 15 años, su cara era realmente la de un mozo, pero ya sabía jugar muy bien al balón y dentro de pocos meses debutaría con la elástica del equipo ducale. Fue presentado como uno de los ayudantes del atrezo, sin añadir mucho más. Nadie le conocía.

Al adolescente Ancelotti lo llamó el presidente del Parma para estar en la Cittadella «para una cosa importante». Bertolucci también reclutó a Catuzzi, que acababa de retirarse

 

Ancelotti tampoco sabía bien quiénes eran los protagonistas del reto: «Recibí una llamada por parte del presidente del Parma que me invitaba a estar en la Cittadella para ‘una cosa importante’», recordaría en una entrevista para ‘La Gazzetta dello Sport’ en 2022, que desvelaría de alguna manera un secreto a voces, la presencia del futuro gran entrenador italiano en aquel evento. Por aquel entonces jugaba de delantero; solamente años después se convertiría en mediocentro carismático y cerebral.

Ancelotti, pocos años después en su debut con el Parma. (Pubblico Dominio)

Luciendo su camiseta del Bologna con el 7 en la espalda, PPP empezó fuerte el partido, pensando ingenuamente que las armas en el campo estaban igualadas. Un choque demasiado duro lo retiró del partido en la primera parte, con resultado de 1-1.
Bertolucci, desde el banquillo, dirigía. Ni tan mal su equipo, con una camiseta más o menos color morado y bastante psicodélica. En el campo del Parco della Cittadella, el centro más céntrico de la burguesísima Parma, un lugar maravilloso, los suyos ganaron finalmente 5-2. Ancelotti marcó un gol.

Todo ocurrió en petit comité. Domingo por la mañana, lluvia, frío a pesar de ser casi primavera. Nadie había anunciado el evento, fue todo organizado entre los dos equipos de trabajo. Como mucho, la gente paró allí para ver el partido mientras paseaba con su perro, nada de especial, y además el Parma estaba en Tercera División, esto fue mucho antes de la época dorada de Parmalat y de la familia Tanzi.

Pasolini no se lo tomó bien, probablemente algo había intuido. Su moral, ya bastante lastrada por todo lo malo que veía a nivel social y político, por el consumismo que había tomado el relevo al fascismo, por los jóvenes víctimas de esta evolución, se vino más abajo aún. Y hoy día aquel partido sigue fascinando, continúa siendo fuente de cuentos y de anécdotas, como su figura.