Javier Cámara, el apellido lo dice todo

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Con un apellido así solo te puedes dedicar a trabajar y vivir de tu imagen, pero Javier Cámara no nació ni siquiera con la vocación teatral, a la que llegó huyendo de su localidad natal y de un padre que, como buen riojano, le tenía reservado un futuro de agricultor en la recogida de la fruta. Mientras estudiaba arte dramático en Madrid, se empleó como la mayoría de camarero, pero también de acomodador de cine, lo que le permitió educar sus dotes para la observación. He seguido toda su trayectoria desde su primera aparición televisiva, culminada recientemente con su salto internacional en la serie de Paolo Sorrentino para HBO ‘The Young Pope’ (2016), y me llama la atención que sigue siendo igual de humilde que en sus inicios. Y lo sé de fuentes bien directas, porque una vez coincidí con él en la barra de un bar, y se integró en la conversación como uno más, sin poner su nombre o su fama por delante.
La cercanía es un preciado don para un actor, y Javier posee esa naturalidad que le hace tan de verdad, a pesar de que haya espectadores que abusen de ella y lo tengan más fácil para entrarle no siempre de manera educada. Son gajes del oficio, pero de no ser así es posible que Almodóvar no se hubiera fijado en él. El ser transparente no quiere decir que al propio interesado dicha facultad le permita reconocerse a sí mismo, algo que en su opinión ha logrado con el paso del tiempo y gracias a papeles introspectivos, que le han permitido sacar fuera cualidades propias que ni siquiera sabía de su existencia. Dicha interiorización le valió en Donostia la Concha de Plata al Mejor Actor con la película de Cesc Gay ‘Truman’ (2015).