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Los repartidores parisinos indocumentados distribuyen comida sin tener qué comer

Las plataformas como Deliveroo abusan de la situación administrativa irregular de sus repartidores para pagarles sueldos precarios y mantenerles explotados.

Una bolsa de la compañía de reparto de alimentos Deliveroo reposa junto a una bicicleta. (Daniel LEAL | AFP)

Desde el alba, Ahmed ha repartido pizzas y platos asiáticos. Pero, en cambio, él no tiene nada que comer. Por lo tanto, al caer la noche, bolsa de Deliveroo a la espalda y bici en mano, hace la cola en un lugar donde distribuyen comida en París.

«Esperé durante toda la jornada para poder venir aquí, es mi única comida» al día, ha relatado este tunecino de 26 años, tras haber engullido con rapidez todo lo que había en la bandeja brindada por el Ejército de Salvación en un local ubicado en el popular barrio de Barbès (norte de París), colindante con la flamante ‘Maison des coursiers’ (casa de los repartidores).

Desde hace un año monta en su bicicleta «hacia las 06.00 y hasta la medianoche». Cena allí todas las noches. En situación administrativa irregular, se ve obligado a trabajar por cuenta de un «jefe», quien le paga tan solo 400 euros al mes.

Si a ese sueldo se le deduce el alquiler de su habitación compartida en Sarcelles (oeste), el pase Véligo (para utilizar bicicletas de alquiler público) y el dinero que envía a su país para ayudar a su familia, no le queda «nada».

«Cuando llegué a Francia, durante meses dormí debajo de un puente. Me gustaría salir de esta galera (de esclavos), pero no tengo otra cosa. Así que no me queda otra opción», ha confesado este exempleado de una gasolinera en Túnez.

«Producto de lujo»

Durante el primer confinamiento por covid-19, el Ejército de Salvación comenzó a recibir en masa a los repartidores en sus sitios de distribución de alimentos, recuerda Françoise, encargada de la cena en una noche de febrero. Para ella, un símbolo de la «fractura social» de la que son víctimas.

A partir de entonces, la comida se brinda en este nuevo espacio, compartido con la ‘Maison des couriers’, inaugurada a mediados de enero. Allí, los repartidores en situación muy precaria pueden reposar, beber un café y cuentan con aseos, pero, sobre todo, reciben ayuda para su regularización.

¿Repartidores de comida que no ganan lo suficiente para comer? Esto provoca «mucha rabia» a Circé Liénard, responsable de Coopcycle, una federación de cooperativas que quiere ofrecer una alternativa a las plataformas «tradicionales». Su objetivo: «poner fin a la precariedad» pagando salarios dignos a los deliverys.

Un repartidor de Deliveroo recoge unos pedidos en la cocina de la compañía en Aubervilliers, a las afueras de París. (Alain JOCARD/AFP)
Un repartidor de Deliveroo recoge unos pedidos en la cocina de la compañía en Aubervilliers, a las afueras de París. (Alain JOCARD/AFP)

«Que recibas tu pedido en pocos minutos es un producto de lujo. Si te cuesta poco o nada se debe a que la reducción de costos la solventan los propios repartidores», ha criticado. Con frecuencia se trata de trabajadores indocumentados que a veces ejercen bajo la identidad de otro, o se ven obligados a subarrendar cuentas.

Este es el caso de Koné, un marfileño de 22 años, repartidor en Deliveroo desde hace solamente una semana. «Por el momento, no gano casi nada», ha reconocido tras un recorrido de tres horas, mientras devora unos pocos bizcochos que le fueron ofrecidos.

«A veces ni te pagan»

«Para quienes recién comienzan, siempre es la galera (explotación)», suspira Keita Siriki, su compatriota que ya alcanza los 50 años, sentado un poco más lejos. Él obtuvo su regularización, «tras una larga batalla» con su empleador, y gracias a la ayuda de un sindicato.

Espera pronto ser empleado formal de Frichti, plataforma para la que realiza entregas desde hace tres años, o volver a su viejo trabajo de camionero, al igual que ejercía en Costa de Marfil.

Pero, al igual que el resto, Siriki empezó a trabajar bajo un «alias». «Al llegar desconocemos nuestros derechos. Pero aquí (en la ‘Maison des couriers’), nos ayudan y las gestiones avanzan. Cuando vengo aquí me siento en casa. A los otros les digo, vengan a buscar ayuda», ha explicado Siriki.

El febrero pasado, Siriki trajo por primera vez a Alpha, un guineano de 29 años, quien descubrió este lugar minimalista: una nevera, dos mesas, una cafetera y un sofá.

El joven tenía la mirada fija en la cuenta regresiva que se mostraba su smartphone: en 38 minutos, tenía que comenzar su servicio ante una «dark kitchen», cocinas «fantasma» improvisadas por las plataformas de reparto.

Él también esperaba impaciente obtener su permiso de residencia dado que, desde que comenzó en 2019, pedalea con la cuenta de un tercero: «A veces te pagan, pero otras no. No podemos hacer nada, estamos ilegales. A veces, trabajamos cinco horas y no nos dan ni 30 euros. Esos días también tengo que ir a pedir alimentos».