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Once inicial de la selección yugoslava del año 1992.
Once inicial de la selección yugoslava del año 1992.
NAIZ

Cuando Yugoslavia era «la Brasil de Europa»


A finales de los ochenta, el país balcánico era una de las mayores potencias deportivas del mundo. Prueba de ello, las 30 medallas que Yugoslavia sumó en los Juegos de verano e invierno disputados en 1988. Unos éxitos a los que hay que sumar, por ejemplo, los mundiales masculinos de balonmano, baloncesto o waterpolo que ganó el conjunto plavi 1986, 1990 y 1991 respectivamente. Modalidades que también contaban con clubes de primerísimo nivel, que triunfaban a nivel continental, era el caso de la Cibona de Zagreb, la Jugoplastika de Split o el Partizan de Belgrado en basket o del Badel Zagreb, Borac de Banja Luka, Metaloplastika Sabac,  Radnicki Belgrado o Proleter Zrenjanin en balonmano. En las disciplinas individuales, emergían boxeadores y una jovencísima Monica Seles se convertía en la mejor tenista del mundo, mientras que Goran Ivanisevic y Goran Prpic se situaban entre los 20 primeros del ranking. Un volumen de talento y triunfos sobresaliente para un país de 23 millones de habitantes.

Y, por supuesto, estaba el fútbol. En 1987, Yugoslavia venció el Mundial juvenil celebrado en Chile con una espléndida generación en la que sobresalían Boban, Jarni, Mijatovic, Prosinecki o Suker, junto a otros futbolistas que pasaron por La Liga como Brnovic, Lekovic, Stimac o Pavlicic. Dirigidos por Mirko Jozic, superaron con holgura a la anfitriona, Australia y Togo. En cuartos, se toparon con Brasil, que contaba en sus filas con André Cruz, Bismarck o Sampaio, pero los yugoslavos lograron el billete para semis. En la antesala de la final, batieron a la República Democrática de Alemania, que tenía jugadores, que posteriormente serían internacionales con la selección unificada, como Sammer o Wosz. En la final, ante el combinado germano-occidental de Möller, tras el empate a uno en el tiempo reglamentario, los plavi se hicieron con el título en los penaltis. Según relata Meho Kodro –el que fuera delantero del Alavés, Barça o Real y coetáneo de dicha hornada– a NAIZ, aquel triunfo «reforzó la idea, era sabido que siempre teníamos muy buenos jugadores y, nosotros, también, éramos muy conscientes de que la liga yugoslava era fuerte, de que el futbolista era muy deseado por muchos clubes europeos y cuando la selección juvenil ganó en Chile, dicho trabajo se fortaleció. Fue algo bienvenido por los aficionados, pero, sobre todo, por los trabajadores del fútbol formativo». Ese mismo año, la selección junior de basket también consiguió el cetro mundial en la ciudad italiana de Bormio, en un campeonato recordado por los 11 triples de Kukoc a EEUU.

Selección yugoslava que venció el Mundial de categoría juvenil disputado en Chile en 1987.

Para el bosnio, los éxitos eran fruto de la labor realizada durante años y también contaban con una base social, «se le daba mucha importancia al deporte, era algo bien visto en la sociedad y, de ahí, surgía el talento». Un país que acogió los icónicos Juegos de Invierno de 1984 en Sarajevo. Kodro remarca que «se prestaba mucha atención a la individualidad del jugador, a crear un futbolista más que un equipo. Es por ello que, tal vez, luego, a los futbolistas yugoslavos talentosos les costaba un poquito seguir su camino en otras ligas». El apartado físico también tenía una peso capital, «hay mucho de verdad en eso. A mí me tocó una época menos dura y más táctica respecto a lo que he podido escuchar de compañeros más mayores, pero es cierto que había técnicos que le daban mucha importancia, como si a través del sufrimiento derivado de esos ejercicios físicos uno fuese a mejorar su talento». En su día, Pedja Mijatovic señaló a Jot Down que «en Yugoslavia los entrenamientos se medían en vómitos», mientras que Dusko Ivanovic solía repetir en Gasteiz aquello de que «el cansancio no existe».

El enfoque personalizado en los jugadores a edades tempranas que, casi 40 años más tarde, parece ser tomado nuevamente en cuenta por federaciones como las de Alemania o Bélgica. Algo que el que fuera ariete txuri-urdin valora positivamente, «en los últimos tiempos el enfoque general ha estado centrado en trabajar más el equipo, en la táctica. Pero, a la vez, cuando desarrollas mucho el conjunto, la pieza más importante que es el jugador quizá se perdía un poco entre tanto automatismo y movimiento. Y, obviamente, son cosas importantes, también hay que decirlo, pero se perdía un poco la creatividad e individualidad de los futbolistas». Una reflexión que remata señalando que «me alegra ver que actualmente hay escuelas que quieren recuperar la individualidad del jugador, sin perder el trabajo colectivo. Estaría bien conjugar ambas cuestiones».

«Velez Mostar era el equipo del pueblo»

Yugoslavia se clasificó para el Mundial de 1990 y antes del sorteo, que les emparejó con la República Federal de Alemania, Colombia y Emiratos Árabes Unidos, el director técnico de la federación, el mítico Milan Miljanic, fantaseó con un enfrentamiento ante la canarinha, declarando que «somos la Brasil de Europa». Una afirmación que, más de tres décadas después, también comparte Kodro: «Tenía algo de cierto, el gran problema era crear un equipo porque talento y futbolistas teníamos de sobra. Cuando lo conseguían Vujadin Boskov, Tomislav Ivic o Milos Milutinovic, funcionaba bien y, como un bloque, Yugoslavia podría hacer daño a cualquiera. Por eso estoy de acuerdo cuando decía que la selección o el futbolista yugoslavo se parecía al brasileño». Una fascinación que se materializó con la disputa de tres amistosos entre 1986 y 1991, el último de ellos ya con la guerra iniciada. Curiosamente, en Qatar, la verde-amarelha se ha medido a Serbia y lo hará también a Croacia.

Aquel equipo yugoslavo llegó al torneo en un contexto complicado, en la antesala del drama y horror que vendría después. Semanas antes del Mundial, se habían producido unos graves incidentes antes de un choque entre Dinamo de Zagreb y Estrella Roja de Belgrado –que se repetirían en septiembre en un encuentro que midió a Hajduk Split y Partizan– y, durante el último amistoso preparatorio, la selección plavi y su entrenador Ivica Osim fueron increpados en la capital croata. Sin embargo, en lo deportivo, Yugoslavia aspiraba a dar la sorpresa debido al extraordinario nivel de su plantilla, en la que los jugadores bosnios y croatas sumaban una amplia representación. Finalmente, tras superar a España en Verona, sucumbieron ante Argentina en cuartos de final tras estrellarse contra el «Vasco» Goycochea en los penaltis.

Pese a sus 18 tantos en liga, el bosnio se quedó fuera de la copa del mundo, algo que vio como «muy lejano» en todo momento. Su buen momento goleador, no obstante, contrastaba con la situación política del país. Según relata, «lo recuerdo como algo positivo en lo personal y con la sensación de lo que podría ocurrir poco después. En 1990, empezó el follón en Eslovenia, se trasladó a Croacia y todo eso ya estaba muy presente. Fue una temporada bonita en lo individual, aunque Velez no tuvo un buen curso, pero estábamos con la incertidumbre de lo que podría ocurrir».

En la ciudad bañada por el río Neretva y unida por el puente Stari Most –que fue derribado por la barbarie– el Velez Mostar era todo un símbolo, cuya identidad era perfectamente reconocible, como describe Kodro: «He mamado la escuela del club durante seis años y sé muy bien cómo funcionó en aquella época. El equipo, al igual que Mostar, tenía su propio carácter. Era una ciudad multi en todos los sentidos: Étnico, confesional o religioso. Velez era así, el equipo del pueblo y nosotros lo sentíamos. Cuando íbamos a jugar por Yugoslavia, sentíamos ese cariño. El estilo que creó el club tiene que ver con el temperamento con el carácter de la gente en el sur de Bosnia y de Yugoslavia. Una filosofía basada en un juego atacante, buscando las bandas y muy ofensivo. Era un poco la vanguardia de lo que podía venir después. Lo recuerdo así, muy proactivo, yendo a ganar, en Mostar no se podría jugar de otra forma y, tal vez, una de las razones por las que el club fue tan querido en Yugoslavia puede ser esa». Más de tres décadas después, los jugadores de aquel conjunto, junto a otros de épocas anteriores, se reúnen «anualmente, hablamos y comemos juntos».

Una escuadra que unía y que contaba con simpatizantes en toda Yugoslavia, algo que veía incluso en los momentos más complicados. Según explica, la tensión era notable durante los meses previos a la guerra. «Se notaba, sobre todo, en 1991. Depende de dónde ibas a jugar, se palpaba. Es verdad que no había todavía grandes problemas, pero se percibía la tensión, lo hemos hablado muchas veces entre nosotros». Algo que afloraba con más intensidad en algunos ambientes, «en los estadios grandes de Belgrado o Zagreb, el nacionalismo ya había empezado a surgir y, en función de contra quién jugabas, se dejaba notar. Aunque, fíjate, nosotros como veníamos de Mostar, que era una ciudad multi en todos los sentidos, lo palpábamos menos que otros equipos. Era una ciudad abierta y cosmopolita, como el club, éramos queridos, independientemente de la tensión que empezó en 1991».

«Una fábrica de deportistas talentosos»

El campeonato yugoslavo era muy popular en otros países como Hungría o Rumania e, incluso, en Italia, donde se podían ver los partidos gracias a la señal de TeleCapodistria. Asimismo, los ojeadores de toda Europa viajaban allí, como ya habían hecho el Bayern con Mihajlovic, el Madrid con Spasic, el OM con Stojkovic o la Samp con Katanec. La calidad que aunaba la liga en aquella última temporada se resume nombrando a algunos de los futbolistas que tomaron parte. En el Estrella Roja, que ganó la Copa de Europa ese curso, destacaban Jugovic, Mihajlovic, Pancev, Prosinecki o Savicevic, en el Partizan estaban Jokanovic, Mijatovic, Pantic o Visnjic, en el Dinamo de Zagreb militaban Boban, Petrovic y Suker, el Hadjuk tenía a Bilic, Boksic o Jarni, el Velez Mostar contaba con Dalic –el actual seleccionador croata–, Gudelj y el propio Kodro. Una lista a la que se pueden agregar a Brnovic que estaba en el Buducnost, Djukic en el RAD, Stanic en el Zeljeznicar, Petkovic en el Radnicki, Vidakovic –que luego militaría en Osasuna– en el FK Sarajevo o Zahovic en el Proleter. Todos dieron que hablar. Un hecho que lleva al que fuera nueve realista a señalar que «creo que se hacían las cosas bien. Si no hubiese pasado lo que pasó, en los noventa, Yugoslavia hubiera ido a más en el ámbito deportivo. La sensación era esa, aunque es aventurarse mucho. Los ochenta fueron buenos en muchos sentidos, pero en 1991 el Estrella Roja ganó la Champions y esto es algo que reforzaba la idea de que Yugoslavia, que ya jugaba sus últimos partidos, era una fábrica de deportistas talentosos».

Los jugadores del Estrella Roja levantan la Copa de Europa ganada en 1991.

Aquel verano, estalló la guerra, con un reflejo deportivo que se plasmó con en el abandono del base esloveno Jure Zdovc del equipo yugoslavo que estaba disputando –y ganaría– el Eurobasket. En fútbol, ya sin los croatas, el cuadro plavi jugó en septiembre ante Suecia en Estocolmo en un encuentro en el que debutó Kodro. Fue el primero de sus dos encuentros con la selección. El otro, sería en marzo ante Países Bajos en Ámsterdam. Pese a todas las dificultades, consiguieron el pase deportivo a la Euro de 1992, pero las sanciones de Naciones Unidas, aplicadas por la UEFA, dejaron fuera a una escuadra que, por el camino, vivió la renuncia de buena parte de sus estrellas: «Nos clasificamos para el campeonato de Europa, pero por los problemas de la guerra no nos dejaron jugar en Suecia. Aunque, tengo que decir, que nosotros, los jugadores bosnios, decidimos dejar la selección meses antes del torneo».

«La forma que teníamos de ver el deporte ha influido mucho en mí»

Pocas semanas después de su estreno como internacional, que años después tendría un nuevo capítulo con la selección bosnia, el 18 de septiembre de 1991, Meho Kodro fichó por la Real. Su llegada cambió el paso de un joven equipo txuri-urdin, que acabó logrando un puesto en la UEFA. En sus cuatro temporadas en Donostia, marcó 73 tantos en Liga. Tiempo después, también sellaría otro billete europeo con el Deportivo Alavés, antes de instalarse en la capital guipuzcoana. Una vez retirado, trabajó en la estructura de la Real, tuvo un breve paso al mando de la selección de su país y también dirigió al Lausana o el Servette de Suiza.

Kodro siguió la estela de Milorad Pavic o Ivan Brzic, que habían entrenado a Athletic y Osasuna en los años setenta y ochenta respectivamente. Al igual que el delantero bosnio, el verano de 1991 aterrizaron en El Sadar los serbios Spasic –procedente del Real Madrid– y Stevanovic, mientras que meses después se incorporarían al Sestao, que entonces militaba en Segunda, el croata Koric y el kosovar Xhafa. Fue una época en la que el deporte vasco, también asistió a las llegadas del serbio Miroslav Beric, el montenegrino Sasha Radunovic o croata Velimir Perasovic al Baskonia en lo que al basket respecta. En balonmano, el bosnio Musa Dzonlagic  pasó la Juventud Deportiva Arrate en Eibar, entretanto que el montenegrino Nenad Perunicic y los serbios Ivan Sopalovic y Nedeljko Jovanovic formaron parte de la era dorada del Bidasoa.

Todos ellos, parte de un modelo deportivo de éxito contrastado, cuyo legado les acompaña, tal y como sentencia Kodro: «En mi caso, al menos, tiene influencia. Te marca mucho, yo he vivido allí 25 años, aunque después vine aquí y en un equipo como la Real el destino quiso que yo estuviera en un contexto en el que me pude desarrollar muy bien. No tengo ninguna duda de que la forma que teníamos nosotros de ver el deporte ha tenido muchísima influencia en mí».

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