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El delantero Davor Suker celebra el tercer puesto de Croacia en el Mundial de 1998.
El delantero Davor Suker celebra el tercer puesto de Croacia en el Mundial de 1998.
Federación Croata

Croacia: Treinta años de independencia, cuatro millones de habitantes y tres semifinales


La selección croata buscará esta noche ante Argentina (20.00) repetir el hito de hace cuatro años, cuando se clasificó para disputar la gran final ante Francia, a la postre campeona. Otro rendimiento espectacular para la corta historia del combinado ajedrezado.

«Si hablamos de crear una identidad nacional a través del deporte, deberíamos ser la número uno del mundo». Con esa frase de Zvonimir Boban arranca el documental ‘Croacia: Definiendo una nación’, disponible gratuitamente en la plataforma FIFA+. En el mismo se explican desde un punto de vista futbolístico, social e histórico los últimos años de Yugoslavia, el periodo de la guerra y la creación y consolidación de la selección ajedrezada como elemento de cohesión, identificación y orgullo en los noventa, con el tercer puesto del Mundial de 1998 como punto álgido.

Aquella era la primera participación de la Croacia independiente en la Copa del Mundo, aunque dos años antes ya había estrenado en la Eurocopa. Formaba parte de esa selección una generación de oro que se había formado en el modelo yugoslavo, que en muchos casos había ganado el Mundial juvenil con la elástica ‘plavi’ (yugoslava) y que tras la explosión bélica se extendía por buena parte de los grandes clubes europeos.

Sin la aceptación de la FIFA y la UEFA, la ajedrezada disputó amistosos ante equipos como EEUU, México o Rumanía, además de realizar una gira por Australia. En 1994, el año de su admisión, ganó a España a domicilio y recibió a Argentina en Zagreb mientras la albiceleste preparaba la Copa del Mundo que se iba a jugar en Estados Unidos.

Durante aquella visita, con la guerra todavía activa, Diego Armando Maradona visitó la tumba de la estrella del basket Drazen Petrovic, fallecido en accidente de tráfico poco antes. Tras su debut oficial en septiembre de 1994, en Estonia, su primera gran victoria llegaría dos meses después, en la fase de clasificación para el europeo, tras vencer por uno a dos a Italia en Palermo. Croacia iba en serio.

En 1998, de la mano del carismático Miroslav Blazevic, definido como «la gran estrella del equipo», y con Boban como «líder», los Asanovic, Bilic, Jarni, Prosinecki, Stanic, Stimac, Suker o Vlaovic superaron todas las expectativas alcanzando las semifinales, tras pasar la primera ronda ganando a Jamaica y Japón, vencer a Rumanía en octavos y pasar por encima de Alemania en cuartos.

Bronce y Bota de Oro

El contundente tres a cero resarcía a unos croatas que se habían sentido agraviados por el arbitraje del partido entre ambas selecciones en la Euro de dos años antes. La revancha ante el que fuera su gran aliado geopolítico se llenó de simbolismo en un Estado que había conseguido su independencia apenas seis años antes. En semis, pese al cansancio, los balcánicos se adelantaron frente una Francia que se quedó con 10, pero un doblete de Lilian Thuram, en los dos únicos tantos que anotó con la elástica gala, les dejó fuera de la final. No obstante, se colgaron el bronce tras batir a Países Bajos, y Davor Suker consiguió la Bota de Oro.

Los croatas celebran su tercer puesto en Francia'98.


Un éxito generacional que parecía irrepetible, pero que, dos décadas después, fue superado por los niños de la guerra y los hijos de la inmigración. Y es que en Rusia 2018 la ajedrezada disputó la final, situando un listón casi inalcanzable. O no. Con la retirada de Lovren, Kalinic, Mandzukic o Rakitic, los croatas parecían perder potencial, un relato alimentado por la eliminación en octavos en la anterior Eurocopa.

Sin embargo, el desempeño del equipo de Zlatko Dalic en Qatar ha sobrepasado las previsiones más optimistas. Tras acabar la primera fase invicta, Livakovic emergió como el héroe repeliendo los cándidos lanzamientos de los japoneses en la tanda de penaltis, pero el carácter croata salió realmente a flote en cuartos contra Brasil. En un ejercicio de enorme resiliencia, lograron empatar el gol de Neymar en la prórroga y volvieron a mostrar una gran confianza en los penaltis.

Con Kovacic y Modric como directores de orquesta, Perisic ejerciendo de pegamento intergeneracional, Kramaric y Petkovic haciendo frente al síndrome del impostor que persigue a los delanteros que heredan camisetas míticas –las de Suker o Mandzukic en sus casos–, Sosa irradiando energía en cada acción, Gvardiol postulándose a ser el central más caro del mundo y Livakovic llamando al timbre de alguna portería europea de postín, Croacia quiere repetir la hazaña de 2018 e, incluso, mejorarla.

Luka Modric es el estandarte de la actual Croacia. (Jack GUEZ | AFP)


Como mínimo, es la tercera semifinal mundialista para un país de cuatro millones de habitantes y cuya independencia fue reconocida por Naciones Unidas el 15 de enero de 1992. En total, Croacia ha disputado seis Copas del Mundo de fútbol, obteniendo unos resultados al alcance de muy pocos. Unos éxitos que cabe encuadrar en un contexto deportivo completo.

Oros olímpicos

Y es que desde su primera participación olímpica en Barcelona, hace tres décadas, el combinado balcánico ha sumado 41 medallas en los Juegos de Verano, 17 de ellas de oro. Es el país de la antigua Yugoslavia que mejor currículum olímpico presenta, aunque también hay que señalar que en el caso de las citas invernales, Eslovenia es la más fuerte.

Para hacerse una idea del potencial desarrollado, Croacia se encuentra a solamente a siete oros de Argentina, a cinco de Austria y ha logrado ya más éxitos olímpicos que los acumulados por Argelia, Chile, Colombia, India, Irlanda, Israel, Lituania, Marruecos, México, Nigeria, Tailandia, Uruguay o Venezuela, entre otros.

La primera gran proeza la logró el equipo de baloncesto en 1992, colgándose la plata, únicamente superados por el auténtico Dream Team estadounidense de Bird, Jordan y Magic Johnson. Los croatas, por su parte, tenían un elenco de ensueño con Petrovic, Kukoc, Radja, Vrankovic, Komazec, Perasovic o Tabak, un volumen de talento que nunca han vuelto a replicar.

La selección masculina de balonmano, por su parte, se colgó el oro en Atlanta y Atenas, merced al talento de Ivano Balic, Valter Matosevic o Venio Losert, todos ellos con experiencia en el Portland San Antonio navarro. Una disciplina en la que también ganaron el Campeonato del Mundo en 2003 y han subido al podio europeo en numerosas ocasiones. El equipo femenino, asimismo, logró la tercera plaza en el europeo de 2020.

Ivano Balic, que jugó en el San Antonio de Iruñea, en un Croacia-España en 2012.

Otro de los deportes nacionales es el waterpolo, erigiéndose su gorro ajedrezado en un icono popular, con el que se colgaron el oro en 2012, además de sendas platas en 1996 y 2016. A nivel continental, además, han logrado dos entorchados en 2010 y 2022. También es la modalidad en la que más decepciones han sufrido, tras padecer algunas dolorosas derrotas ante Serbia.

El haltera de origen búlgaro Nikola Pesaloj fue el primer campeón olímpico representando a Croacia, mientras que las atletas Sandra Perkovic, doble ganadora del oro en lanzamiento de disco, la especialista en jabalina Sara Kolak, la saltadora de altura Blanka Vlasic con sendas preseas, los hermanos Sinkovic en remo o la taekwuondista Matea Jelic son auténticos mitos en el país. Una categoría más arriba se encuentra Janica Kostelic, con cuatro oros olímpicos en esquí alpino. Su hermano Ivica se ha colgado cuatro platas.

«Para ellos no significaba nada, para mí lo era todo»

La selección croata disputó su primer encuentro el 17 de octubre de 1990 ante Estados Unidos. Un choque cargado de simbolismo en una atmósfera de gran tensión. Meses antes, el 13 de mayo, se habían producido terribles disturbios iniciados por ultras del Estrella Roja de Belgrado ante los del Dinamo de Zagreb en el estadio Maksimir de la capital croata. Poco después, en el mismo escenario, la selección ‘plavi’ fue abucheada, pese a jugar como local, en su último amistoso antes del Mundial de Italia. En septiembre, la bandera yugoslava ardió en Split durante los incidentes producidos en un choque entre el Hajduk y el Partizan. Lo peor, no obstante, estaba por venir.

Portada del debut de Croacia.


La ajedrezada ganó a los norteamericanos en un encuentro en el que faltaron muchos de los internacionales con Yugoslavia y algunos de los que sí que estuvieron presentes también se enfundarían la camiseta ‘plavi’ durante el primer semestre de 1991, como el meta Ladic. Entre los citados estaba Aljosa Asanovic, talentoso centrocampista del Metz galo. Según sus palabras en el documental, «el director deportivo no entendía nada, una llamada de Croacia, cuando todavía existía Yugoslavia, para ellos no significaba nada, para mi lo era todo. La camiseta era muy poderosa». Fue el autor del primer tanto croata

La temporada continuó con un tenso epílogo en medio de unas hostilidades que ya se habían desatado, con la disputa de la final de Copa entre el Estrella Roja –que posteriormente sería campeón de Europa– y el Hajduk Split en la capital serbia. En el marco de un ambiente extremadamente cargado, Mihajlovic y Stimac acabaron tirándose de los pelos y Bilic y Najdoski tuvieron que ser separados. Boksic dio el triunfo a los croatas.

Ese mismo mes, Boban Ivkovic, Jarni, Ladic, Prosinecki y Suker jugaron su último partido con la selección yugoslava en el Pequeño Maracaná, una despedida saldada con un siete a cero a Islas Feroe en el marco de la clasificación para la Eurocopa de 1992. Un torneo para el que los balcánicos, ya desmembrados, sacaron un billete que no pudieron utilizar nunca.

«No jugábamos por nosotros, ni por el país, jugamos por los muertos»

Zvonimir Boban es un personaje poliédrico: Graduado en Historia, políglota, extremadamente inteligente, utilizado como símbolo nacional y que se autodefinió como «católico, pacifista y patriota». El mejor jugador de la selección que ganó el Mundial juvenil en Chile con Yugoslavia en 1987, se quedó fuera de la Copa del Mundo senior de 1990 por la patada que le pegó a un policía durante los disturbios del 13 de mayo en Zagreb.

Mural en Zagreb con la patada de Boban a un policía.

Según sus propias palabras, desde el terreno de juego vio cómo los hinchas del Partizán serbio «empezaron a destrozar el estadio y la policía se quedó sobre el césped, sin hacer nada, y eso duele». Años después se supo que el agente era bosniaco y que había «perdonado» al jugador croata.

En el documental señala que «me tildaron de ‘ustacha’ –croatas aliados de los nazis en la Segunda Guerra Mundial–, criminal y de un millón de cosas que no soy». Boban, que separa claramente los conceptos «nacionalista» y «patriota», señala que lo que sucedió aquel día estuvo causado porque «el régimen policial presente en el estadio fue más injusto que nunca con el lado croata de la historia. No debería haber pasado en un mundo normal, pero nada ese día fue normal».

Señalado como un icono, subraya que «no se trata de mí y el 13 de mayo, se trata de nosotros y el 13 mayo, no hice más que lo que hicieron otros». Para muchos analistas, aquellas imágenes suponen el preludio y la alarma internacional de lo que vendría después, algo que el que fuera estrella del Milan tilda de «guerra horrible y degradación, donde hermanos mataban hermanos, con quienes hablan nuestro mismo idioma, con gente a la que amamos, con quienes compartíamos tantas cosas, todavía las compartimos y las compartiremos siempre».

Slaven Bilic, por su parte, describe su infancia yugoslava de una forma elocuente: «Fue muy buena, era un gran país, andábamos por las calles, jugábamos al fútbol y éramos felices y lo bueno de vivir en Yugoslavia es que todos teníamos las mismas camisetas, pantalones y zapatillas, éramos todos iguales». Su padre tenía «un alto rango en la jerarquía», purgado tras la conocida como «La primavera croata» de 1971, tras la que muchas reivindicaciones se incluyeron en la constitución.

El central no jugó nunca con los ’plavi’ en ninguna categoría, a pesar de contar con buen nivel. Según cuenta, un técnico serbio le dijo que su familia «estaba tachada». Algo que resume asegurando que «no puedes separar la política del fútbol». En 1998 se convirtió en uno de los referentes de la selección croata, en un periodo en el que «no jugábamos por nosotros, ni por el país, jugamos por los muertos». Dentro del equipo de 1998 también estaba el delantero Petar Krpan, que con poco más de 16 años, tras unos ataques en la zona de Osijek, su ciudad natal, se alistó en el ejército con un kalashnikov al hombro.

Polémicas y violencia

Años después, durante la Eurocopa de 2008, en la que Bilic ejerció como seleccionador, el equipo croata fue acusado de utilizar canciones de Marko Perkovic «Thompson», un conocido músico croata que participó en la guerra y que lanza mensajes de ultraderecha. No ha sido el único episodio de este tipo que les ha rodeado. En 1996 Davor Suker visitó en Madrid la tumba de Ante Pavelic, el líder croata que colaboró con los nazis y fue protegido por Franco y, una década más tarde, Josip Simunic promocionó un documental que negaba el genocidio en el campo de exterminio de Jasenovac durante la II Guerra Mundial.

Asimismo, el cuadro ajedrezado ha sido sancionado en varias ocasiones por las actitudes fascistas o racistas de algunos de sus aficionados, como en 2015 ante Italia y Noruega. La entonces presidenta del país, la conservadora Kolinda Grabar-Kitanovic declaró públicamente que «tenemos un grave problema con los hinchas violentos». La gota que colmó el vaso fue la aparición de una esvástica en el césped antes de recibir a la selección transalpina.

Uno de los jugadores que peor vivió el conflicto fue Robert Prosinecki. Hijo de ‘gastarbeiters’ –los trabajadores del sur de Europa que fueron a trabajar a Alemania en los sesenta y setenta– que formaban un matrimonio mixto, con padre croata y madre serbia. Nació en Baden-Wurtemberg y llegó a Zagreb con 10 años. Con un talento descomunal, Boban recuerda que «a los 13 años ya fumaba Marlboros», Bilic lo define como «un artista». El icono croata en el Estrella Roja de Belgrado pagó con su salud física y mental lo que sucedía en su país tras fichar por el Real Madrid.

Robert Prosinecki, en un partido con la camiseta ajedrezada.

Una vez retirado, Prosinecki ha dirigido equipos en Bosnia, Croacia, Eslovenia y Serbia, algo que refleja su carisma y empatía. Tal y como señaló Boban en un reciente reportaje de Movistar, con la disolución de Yugoslavia «‘Robi’ perdió a su nación». Lo que sí conserva es el curioso honor de ser el único futbolista que ha marcado en la Copa del Mundo con dos selecciones distintas.

Tras aquella primera generación dorada, irían llegando más futbolistas nacidos en Alemania como los hermanos Kovac o Klasnic, jugadores de origen australiano como Didulica, Seric o el citado Simunic, además de otros integrantes procedentes de Bosnia. Es el caso de Juric, Neretjak o Stanic, aunque el caso más paradigmático es el de Dejan Lovren, al que el Liverpool, su antiguo club, dedicó un documental titulado «My life as a refugee».

Y es que las infancias de prácticamente todos los jugadores del actual equipo quedaron marcadas por la guerra o sus oscuras consecuencias. Tres décadas después defienden una elástica que parece catapultarles a una nueva dimensión deportiva y emocional ante la mirada planetaria, situando la marca de un pequeño país de cuatro millones de habitantes en el tablero global y reforzando su identidad. Lo resumió, nuevamente, Boban: «Hay sentimientos que únicamente afloran cuando juegas para tu selección, pero no diría que la yugoslava no lo fuera, porque también lo era, pero jugar para Croacia era el sueño de mi vida».

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