Ane Zelaia Arieta-Araunabeña
Responsable de Servicios de Bizkaia de ELA

Museo Guggenheim: la desigualdad es barata y tentadora

¿De verdad es un clamor popular destinar millones de euros a una ampliación del Guggenheim en Urdaibai, mientras las limpiadoras del museo están en huelga porque no llegan a final de mes?

Mientras el servicio de limpieza del Guggenheim de Bilbao sigue en huelga con el apoyo de ELA, se han conocido varias noticias que dejan en evidencia las flaquezas y desigualdades del museo.

Por un lado, el diputado general de Bizkaia, Unai Rementeria, ha afirmado que la nueva ampliación del Guggenheim en Urdaibai se construirá «sí o sí», y que para ello, la Diputación estaría dispuesta a aportar la dotación económica necesaria en caso de que los Fondos Europeos no llegasen. Megalomanías aparte, cabría recordar a Unai Rementeria que quien debe decidir semejante aportación son los contribuyentes, es decir, la clase trabajadora que ha visto cómo en los últimos años agoniza el tejido y la política industrial de Bizkaia y el resto de Euskal Herria mientras se impulsa un modelo de turismo sostenido por un empleo precario y sin garantías.

Por otro lado, la dirección del museo ha publicitado a bombo y platillo la campaña de crowdfunding para renovar la estructura interna de Puppy. Pese a que se haya presentado como una iniciativa adorable y moderna, deberíamos preguntarnos qué clase de modelo de museo estamos sosteniendo, en qué condiciones y a costa de qué y quién.

Y es que un museo no solo se sustenta en estructuras de acero y titanio, con proyectos megalómanos y campañas de donaciones. El museo lo sostienen sus trabajadoras y trabajadores. Y la dirección del Guggenheim de Bilbao, junto con el Gobierno Vasco, el Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación de Bizkaia que son miembros del patronato y la ejecutiva (con el lehendakari presidiendo el patronato y el diputado general presidiendo la ejecutiva), llevan años descuidando y maltratando esos cimientos, especialmente mediante la subcontratación. Y claro, ahora, al igual que Puppy, se tambalea.

El colectivo de la limpieza del Guggenheim es ejemplo de ello. Un colectivo feminizado que tras veinte años prestando servicio, el 11 de junio inició una huelga para reivindicar un salario y condiciones laborales dignas que subsanen la brecha salarial y les saquen de la miseria a la que les condena el sistema de subcontratación y un convenio colectivo absolutamente obsoleto (no es el único colectivo del Guggenheim que ha entrado en conflicto en los últimos años).

A todas las instituciones, también a las partícipes del patronato del museo, se les llena la boca de mensajes en pro de la igualdad: los oímos y leemos cada 8 de marzo. Sin embargo, en el momento de la verdad, cuando se dan cuenta de que la igualdad exige –entre otras cosas– inversión pública, todo son obstáculos; y así está siendo también en el caso del Guggenheim. La brecha salarial existe porque les conviene: les sale muy económico. El sistema necesita que haya sectores copados por mujeres, en los que se pueda pagar salarios miserables por el mero hecho de que el trabajo feminizado tiene una consideración y una valoración inferior. No es que la igualdad sea cara, es que la desigualdad es muy barata y tentadora.

Los datos así lo demuestran. Si comparamos dos subsectores dentro de la limpieza, uno masculinizado (la limpieza viaria) y otro feminizado (la limpieza de edificios), y tomando como referencia únicamente los salarios base de cada subsector (esto es, sin tener en cuenta los pluses), el trabajo del subsector feminizado se paga a 8.000 euros menos al año (el salario base anual de una limpiadora en Bizkaia ronda los 16.000 euros, si tiene la «suerte» de tener una jornada completa). Efectivamente, por escandaloso que parezca, la brecha salarial en la limpieza de Bizkaia es de un 50% aproximadamente. Y la situación de las trabajadoras del Guggenheim no es mucho mejor: con jornadas de media jornada, sueldos que no alcanzan los novecientos euros mensuales, y con cargas de trabajo insostenibles.

Tras más de veinte días de huelga, en cambio, la dirección del museo sigue sin plantear ni una sola solución y negando la diferencia salarial. Sin duda alguna, una decisión consciente y dolosa de perpetuar la brecha salarial, la desigualdad y la miseria. Una actitud que contrasta con la determinación de Rementeria para aportar lo «necesario» en la construcción del Guggenheim o las palabras del director del museo, Juan Ignacio Vidarte, animando a que entre todos se renueve la instalación de Jeff Koons, Puppy.

¿De verdad es un clamor popular destinar millones de euros a una ampliación del Guggenheim en Urdaibai, mientras las limpiadoras del museo están en huelga porque no llegan a final de mes? ¿De verdad esa inversión es en interés de la clase trabajadora? El Ayuntamiento de Bilbao y la Diputación harían bien en solucionar toda la miseria y la desigualdad que se esconde tras el Guggenheim antes de poner en marcha proyectos faraónicos con un dinero que debería estar destinándose a las plantillas. Lo último que este pueblo necesita es extender un modelo de turismo precarizador y desigual.

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