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«Detrás de este libro hay mucho dolor, y no es fácil permanecer al margen de él»

En «El Botín», Miguel Sánchez Ostiz consigue retratar el clima de arbitrariedad, crueldad y rapiña que establecieron los vencedores tras el golpe militar de 1936. Un saqueo, económico e histórico, cuya sombra se ha alargado hasta nuestros días. «Es una obra magna, y una valiosísima aportación para avanzar en el conocimiento y en la socialización del mismo y para hacer conocer lo que realmente pasó y divulgarlo», remarca el historiador Josu Chueca.


Miguel Sánchez-Ostiz presentó el pasado viernes en Donostia su última obra, “El Botín”, la continuación de “El Escarmiento”. Lo hizo acompañado del historiador Josu Chueca.

La elección de Donostia no fue casual. «La idea de ‘El Escarmiento’ surgió en esta ciudad, en el despacho de un escritor al que yo admiro mucho: José de Arteche», explicó Sánchez-Ostiz. Arteche –contó a continuación el autor– mantuvo durante el verano de 1967 un encuentro con el también escritor navarro José María Iribarren, que fue secretario del general Mola durante los primeros meses del golpe militar de 1936. Hablando de sus respectivas memorias de guerra Iribarren se lamenta de que él no puede relatar lo que realmente quisiera, porque todavía viven muchos de los hijos y los nietos de los vencedores, que son tratados además como dioses. Y en un momento dado, al referirse a Mola, Iribarren cuenta que aquel hombre, que «no pensaba más que en matar», decía que a los vascos había que hacerles un buen escarmiento. «De ahí, de ese momento recogido por Arteche en su magnífico libro ‘Un vasco en la postguerra’ surge la idea de ‘El Escarmiento’, y por tanto de ‘El Botín’ que no es más que una continuación de aquel”, señaló Sánchez Ostiz.

En efecto, si en “El escarmiento” Sánchez-Ostiz hablaba de la feroz represión desatada en Nafarroa tras el golpe militar, y en “La sombra del Escarmiento” de cómo las consecuencias del mismo se alargaron siniestramente hasta nuestros días, “El Botín” detalla el saqueo económico al que fueron sometidos los vencidos. «Allí el que no robó fue porque no quiso, no porque no pudo. Tras la caída de Irun, de un Irun en llamas en el que sin embargo no se quemó todo, la carretera del Bidasoa se convirtió en un rosario de hormigas. Se robó de todo, desde las gallinas de los caseríos guipuzcoanos, que acabaron comiéndoselas los frailes capuchinos de Pamplona, hasta barcos. Todo lo que pudieron cayó en manos de una gente que, como se decía, salió bien de la guerra», explicó el escritor navarro durante la presentación, en la que añadió que en realidad lo que haría falta para determinar qué sucedió y saber quién se benefició de ese saqueo sería un trabajo exhaustivo de investigación en los registros de la propiedad. «Yo me daría por satisfecho si con El botín hubiera conseguido dibujar un poco el clima de miedo, represión, injusticia, crueldad y arbitrariedad».

Arbitrariedad («Lo mismo acababas en la cuneta que en Francia con un pasaporte firmado por el jefe de la Junta de Guerra Carlista») y chocarrería, como demuestra otros pasaje con tintes berlanguianos, pero tristemente real, que también relató el autor: el del casino clandestino que montaron los requetés en las oficinas de la Junta de Guerra Carlista de Iruñea y en el que, cuando fue descubierto por su propia policía, la preocupación no consistió en investigar de dónde procedía el dinero del juego sino en saber si los participantes blasfemaban o no. Aquel dinero, con toda seguridad, procedía de las multas abusivas y de la rapiña generalizada e institucionalizada, que se cebó especialmente con las clases más desfavorecidas: campesinos, pequeños propietarios, profesionales liberales… «Gente que con la desaparición del padre, la madre o el abuelo se quedó radicalmente en la miseria y con la supervivencia comprometida. Eso lo urdieron con un sistema legal, hicieron legar aplastar al otro», dijo. «Hay, por ejemplo, una cosa que no está apenas investigada: a dónde fueron a vivir los hijos y las viudas de los asesinados, a los que se echó de sus pueblos con una mano delante y otra detrás, después de quitarles todo».

Un saqueo que, por otra parte, no solo fue económico, sino también histórico: «Los vencedores desde el primer momento dictaron la realidad, se convirtieron en dueños de ella. Lo que la gente recibía, no solo a través de la prensa, sino también en la calle eran consignas… El bombardeo de Gernika no fue obra de los alemanes; las matanzas en Málaga y Badajoz no pasaron nunca… Y eso se trasladó hasta los años sesenta, setenta…».

Escribir El Botín no ha sido fácil para Miguel Sánchez-Ostiz. «Detrás de este libro hay mucho dolor y no es fácil permanecer al margen de él, acabas muchas veces tocado por esa brutalidad… Estás tratando además con dramas de los que conoces los escenarios, la tierra, la gente… Contar esto desde Manhattan, o desde una buena casa en Madrid y apoyado por un gran medio de comunicación o una buena universidad está muy bien, pero cuando escribes desde Pamplona, los nombres que aparecen son los de tu familia, tus amigos, tus compañeros de colegio, tus vecinos… Y como le dijo un campesino a la rapera La Chula Potra: todavía hay mucho fuego».