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Un mundo al revés


La actual situación de parón generalizado nos está sirviendo para ver claramente lo obvio, aquello que nuestra hiperactividad cotidiana, combinada con los mensajes recibidos desde los «medios de distracción y persuasión», nos permitían no percibir; que estamos viviendo en un mundo al revés.

En un mundo en que el dinero es la religión absoluta, cuánto más esencial es el trabajo de una persona peor pagado está; quienes están cuidando a nuestras personas mayores o con necesidades especiales, limpiando nuestras casas y cultivando nuestras tierras lo hacen en general a cambio de salarios de miseria. Al mismo tiempo, buena parte de los trabajos mejor pagados serían prescindibles, como los relativos a la economía financiera o los futbolistas de élite.

La actual emergencia sanitaria nos ha permitido comprobar, si aún teníamos alguna duda, los resultados de «externalizar» a empresas buena parte de los servicios esenciales, como las residencias de personas mayores. En las residencias gestionadas por empresas subcontratadas las y los residentes no reciben una atención adecuada porque el número de trabajadoras, tan estresadas como mal pagadas, es muy escaso. Muchas de estas personas que realizan los trabajos peor pagados han llegado de otras tierras y buena parte de la sociedad les mira por encima del hombro. Son utilizadas como chivo expiatorio de todos los males de nuestra sociedad; «vienen a robarnos nuestro trabajo, nuestra vivienda, nuestro bienestar...», fomentando la guerra entre pobres y desviando la atención de los auténticos culpables; quienes buscan el beneficio económico a costa de lo que sea.

Estas personas migrantes que están haciendo los trabajos esenciales a menudo no tienen los papeles en regla ni forma de regularizar su situación. Como en una pesadilla kafkiana se encuentran atrapadas en un contexto de normas inhumanas y en un sofisticado e infinito laberinto burocrático de ventanillas administrativas. Estas personas en situación irregular, tremendamente vulnerables –más bien vulneradas– son para el mercado mano de obra a precio de saldo.

En una manifestación de hipocresía infinita, en el contexto de la crisis del coronavirus, las instituciones del Estado no han tenido rubor en ofrecer contrato a personas extranjeras con títulos sanitarios no homologados, advirtiéndoles de que es algo coyuntural; que cuando acabe la crisis sus títulos serán de nuevo inservibles.

Paradójicamente, muchas de estas personas vienen de países tan empobrecidos como ricos en recursos. De hecho, muchas veces su miseria es consecuencia de la riqueza de sus tierras. Los «informativos» nunca nos cuentan que muchas de esas personas que llegan han salido desesperadas de su casa huyendo del cambio climático o de guerras organizadas para que enormes empresas multinacionales con capital europeo puedan explotar los recursos de sus territorios al menor coste posible.

Hoy he desayunado café cultivado en Nicaragua, he encendido la calefacción con gas de Argelia, he mirado mis «wasaps» en un móvil fabricado con coltán del Congo y la hora en un reloj alimentado con litio de Bolivia. Mi ropa está fabricada en Bangladesh y mis zapatillas de deporte en Indonesia. La gasolina de mi coche fue producida con petróleo de Nigeria.

¿Por qué ponemos tantos muros a las personas que vienen de otros lugares? ¡Todas las personas tenemos los mismos derechos! Ojalá la especial situación que estamos viviendo nos sirva para poner en valor lo esencial.