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EDITORIALA

El drama invernal de las personas sin hogar


A veces los temporales de invierno suelen dejar nieve y bonitas estampas que llenan minutos en todos los informativos. Con el mal tiempo y las bajas temperaturas también aumentan las dificultades para las personas que viven en la calle, pero a juzgar por el escaso espacio que se dedica a esta problemática debe tener mucho menos interés informativo. Sin embargo, a menudo las consecuencias de vivir a la intemperie suelen ser trágicas. La noche de Reyes murió una persona que pernoctaba en un coche en Hendaia. Otra persona más murió en nochebuena en un parque de Zarautz tras dormir sola en un banco.

El primer temporal invernal severo ya se ha cobrado la vida de dos personas en Euskal Herria. Y el drama que acarrea el frío está directamente relacionado con la cantidad de personas que viven a la intemperie en este país, lo que debería llevar a preguntarse qué es lo que está fallando para un número tan elevado de personas sin hogar. Precisamente es la falta de empleo y de ingresos, la pérdida de la vivienda y, en general, la creciente precariedad y pobreza en la que vive mucha gente en esta sociedad opulenta, la antesala que lleva a menudo a terminar viviendo en la calle. Pobreza y precariedad no son palabras vanas, se reflejan en cada vez más rostros cotidianos y en otros que se ocultan en puentes y soportales. Y eso ocurre en una sociedad que dispone de recursos suficientes para garantizar una vida decente a todo el mundo.

Anteayer abrió por primera vez el servicio de acogida a personas sin hogar de Donostia, como si hasta ahora no hubiera hecho frío. Llama poderosamente la atención que hasta que no hiela –literalmente hasta que la temperatura no baja de cero grados– no se abran muchos albergues para acoger a las personas que pernoctan en la calle. ¿Es que unos pocos grados por encima de cero no son suficiente frío para abrirlos? ¿Qué espíritu burocrático ha certificado cuál es exactamente el nivel de frío tolerable?