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Josu Arteaga
Escritor

«Nos ponen a currar en una rotonda con bolso y tacones y lo llaman resiliencia»

Tras varias ediciones en castellano y francés de su celebrada “Historia universal de los hombres gato”, el escritor de Arrasate Josu Arteaga vuelve inesperadamente, trece años después, con “Memorias de la mar ciega”, editada de nuevo por Desacorde y que, al igual que en su ópera prima, agarra al lector desde el primer párrafo y no lo suelta hasta el final.

(Fotografía cedida por Josu ARTEAGA)

Lleva años diciendo que no escribía…

Sí, lo llevo muy bien en la clandestinidad y sin testigos. Lo de después de publicar ya lo llevo regular, aunque sepa que es parte de este oficio-no oficio. Ha sido un parto a la antigua, sin cesárea programada, disfrutando de verdad de cada minuto, cada palabra, cada párrafo y cada silencio, intentando meter muchos libros dentro de uno solo y engañando para contar una verdad.

¿Pero estamos ante una segunda parte de «Historia universal de los hombres gato»?

No lo sé. “Historia universal…” fue un tiro que salió bien, tras una negativa de Seix Barral, que no se atrevió a publicarla por su línea, pero que me animaba a seguir enviándoles material. Al final fue publicada, primero en Euskal Herria y luego por si fuera poco, en Madrid con Desacorde y en París con Nouveau Monde. Algo que ni en sueños. “Memorias de la mar ciega” sigue siendo intrusismo de lector enfermo, pero se puede entender sin haber pasado por los hombres gato. Quizás también sea un homenaje a gente muy grande, con la que he tenido la suerte inmensa de compartir vida, derrotas y risas. Una pequeña estrategia del caracol. Un cartapacio de resistencia para recuperar la vida, la dignidad, la memoria, la acción y la palabra robada. Las feministas de la Rote Zora ya lo dijeron: «Tú usas una palabra para decir lo que quieres decir, pero es el hombre blanco quien crea esas palabras’».

En palabras de sus traductores al francés, Sarah Gers y Pierre Jean Bourgeout, hay momentos en los que «Memorias» incluso supera el listón de «Historia universal», con lo difícil que era. Por cierto, ¿Sale en el Estado francés también?

Eso dicen, pero son hombres-gato adictos y, por lo tanto, no neutrales. Habrá que ver. En cualquier caso, están haciendo un trabajo bestial, llevando una jerga local y no fácil para el francés medio, pero con la ventaja de que son los mismos que tradujeron “Historia” y que ya manejan una cosmología tan particular y local como colectiva y universal. Ya andan buscando editorial en Francia y seguro que lo consiguen. Además de traductores y agentes literarios, son camaradas inagotables.

Hay una evolución a una escritura más pausada, con más tiempos, pero sin perder el nervio.

Decía Clarice Lispector que escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra, que sería un poco como la música, que Claude Debussy definió como el espacio entre dos notas. Yo me lo paso muy bien buscando. A lo mejor es por no ser prolífico y por hacerme mayor, pero el noquear va dejando paso a intentar dejar poso.

En su novela deja claro que a este mundo no le ve arreglo...

En pocas generaciones, hemos pasado de labrar la tierra y pastorear al mundo fabril de la explotación del hombre por el hombre, para acabar en este ciudadanismo de comprar katiuskas al perro en una web de ropa para mascotas desde una aldea remota repoblada con hipsters. De labradores a obreros y de obreros a gilipollas buscando wifi, para no perderse las tonterías de otros más gilipollas todavía (influencers). Un epitafio perfecto para esta civilización occidental enferma, que ya ha descrito bien Hopf: «Los tiempos fáciles crean hombres débiles y los hombres débiles crean tiempos difíciles». El protagonista de “Memorias” ha llegado a esa misma conclusión y cree que sí hay solución.

Sigue en Olariz pero pisa el territorio mágico de otro escritor, Zarraluki, de Patxi Irurzun...

Somos más deudores de los demás de lo que pensamos. No hubiera habido segunda edición de los hombres gato si Kutxi Romero y Patxi no hubieran hecho de casamenteras. Está bien leer a Fante, Andrić o Kapuściński, pero necesitamos escritores vivos, con oficio y a mano, que sigan labrando la palabra. Intento leer todo lo de Patxi, sea en prensa o libro, porque de los buenos se te puede pegar algo.

La estructura es parecida a «Historias», pero hay diálogos y dos frases finales demoledoras en cada capítulo.

En “Memorias” hay peces en lugar de gatos, pero también son diversas historias y planos que se van estratificando hasta contar otra historia. Podría ser Historia universal, pero contada desde la cordura. Los finales vinieron solos por pasar muchas tardes con mi aita, con una demencia severa y momentos de lucidez, tan tremendos como parcos en palabras, y que te desvelan una filosofía antigua, profunda y sabia, que los tontos de hoy día hemos perdido, en el empeño de no callar nunca y saberlo todo siempre.

En «Memorias» encontramos mundo rural, urbano e incorrección política.

Hace tiempo que la conurbación ha fagocitado a lo rural, haciéndose un todo uniformado de mataderos de uralita, líderes incapaces, presidentes psicópatas, perras de Belsen en recursos humanos y gerentes/directores/jefes que heredan cargo y predican cultura del esfuerzo. Entre todos nos ponen a currar en una rotonda con bolso y tacones y te dicen que eso es ser “resiliente”, mientras un coach llama “zona de confort” a esa mezcla de tristeza, desesperanza y miedo en la que vive la gente, para dirigirlos al psicólogo y a los antidepresivos, sin que dejen de obedecer y generar plusvalía. Charlatanes y vende humos, cuanto más necios más soberbios, crecidos porque nadie les da un soplamocos y llevándose un pastizal que sale de las costillas de esos a los que encima llaman torpes, vagos y no proactivos. Unos vendiendo meritocracia y palabros en inglés, mientras otros madrugan, meten horas extras y se autoanestesian con fútbol, Netflix y cañas.

¿Hay esperanza en la literatura?

Con la literatura pasa como con la fruta. La gente prefiere la bollería industrial porque lo que le venden como fruta, ni es, ni sabe a fruta y no lee porque lo del premio Planeta y las grandes superficies es industria del libro, no literatura. Nadería escrita por subvencionados, niños de papá y cansa almas. Selfies con morritos. Continente sin contenido. Productos de asueto más elaborado que el de Tele 5, pero papilla boba. Literatura es lo que no acaba en el contenedor de papel, lo que hiere, sangra y duele, lo que se queda a desafiar al tiempo y a las mudanzas. Hay que buscar en los márgenes, en las grietas, en la pequeñas editoriales del primer mundo, en los autores que nadie conoce y que no venden ni cien ejemplares, en el tercer mundo y donde sea. Tiene que haber Chukris, Rulfos, Sarrionandias y Kristofs por descubrir.

Se ha quedado a gusto ¿Algo más?

Hay que leer buenos libros, comprarle la fruta al baserritarra más cercano y no obedecer a ninguna autoridad, excepto a tu madre y a tu editora.