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Foco de esperanza democrática e inestabilidad política

Los resultados han convertido al Estado turco en un foco de esperanza democrática y también de inestabilidad política. El éxito del HDP plantea un nuevo escenario parlamentario de difícil solución.


El logro del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) al rebasar el umbral electoral en los comicios ha evitado la cuarta mayoría absoluta del Partido Justicia y Desarrollo (AKP). Este resultado plantea un nuevo panorama en el que los islamistas están obligados a aprender lo que es un gobierno de coalición si no quieren convocar unas nuevas elecciones, el escenario más probable si todos los líderes mantienen su palabra de no apoyar al AKP.

Recep Tayyip Erdogan atraviesa estos días el peor momento desde que llegó al poder en 2002. Su sistema presidencialista ya no se hará como él quería y tendrá que adoptar un rol secundario que difícilmente aceptará. Durante las últimas 24 horas no ha aparecido en la televisión, un récord para quien lo hacía hasta en tres ocasiones diarias. Ayer retraso su encuentro con Ahmet Davutoglu, y utilizó la moderación que tanto le reclamó la oposición para expresar, en un comunicado, que «es de importancia crucial actuar con sensibilidad y adoptar una actitud responsable para mantener la estabilidad y la confianza, así como nuestros logros democráticos».

De momento, el incierto futuro ya ha provocado la primera reacción: la lira turca se hundió ayer. Los mercados económicos suelen castigar la inestabilidad aunque sea por una mejor democracia. Esta dinámica podría continuar hasta que el AKP conforme un gobierno en los próximos 45 días o anuncie un nuevo plebiscito que deberá celebrarse antes de un año.

Para evitar unos nuevos comicios, el AKP tiene que cambiar la opinión de uno de los tres grupos a los que ha reprimido en la última década. El viceprimer ministro Numan Kurtulmus dijo que unas nuevas elecciones son la última posibilidad. Antes, Bülent Arinç había recordado que «el AKP tiene de nuevo la oportunidad de volver al poder en solitario». Estas declaraciones solo refrendan los dos caminos posibles, ambos alejados del control absoluto que caracterizó a los gobiernos del AKP, un partido que tras 13 años ha mantenido el 41% del apoyo, un dato nada catastrófico.

Los tres grupos opositores solo dicen que no irán con los islamistas. La opción más lógica, por su componente conservador, es el Partido del Movimiento Nacionalista (MHP). Pero el discurso postelectoral de su líder, Devlet Bahçeli, parece alejar esta opción. Ante sus seguidores panturcos, retó al AKP a intentar formar una coalición, primero con el HDP y luego con el CHP. «Si todos estos escenarios fallan, entonces se deberán convocar elecciones anticipadas».

Bahçeli es considerado un líder pragmático de dilatada experiencia política. Sabe que sus electores no tragan al AKP, por lo que una coalición sería mal vista. También augura que una alianza con Davutoglu le obligaría a tomar una compleja decisión: afrontar el proceso de paz con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK). Durante la campaña ha cargado contra la corrupción, diciendo que investigaría cada acción de Erdogan, y repetido que las negociaciones con el PKK son una traición. Investigar al presidente sería imposible si va de la mano del AKP y continuar con una razonable voluntad el proceso de paz enfadaría a un nutrido grupo de sus seguidores. Tal vez por eso rechazó apoyar una inestable coalición, algo que los anatolios conocen a la perfección: nueve entre 1991 y 2002.

La otra cara de los comicios son los kurdos. El HDP se puede considerar el único vencedor: dobló su apoyo hasta llegar al 13,1%, lo que se traduce en 80 diputados. Su partido obtuvo unos impresionantes resultados en ciudades en las que el único color era el del Partido Republicano del Pueblo (CHP). En el Kurdistán norte borró en un día el avance del AKP en la última década. El resto de los tres millones de votos perdidos por Davutoglu han ido a parar al MHP y CHP, el primero para subir un par de puntos y el segundo para contrarrestar la fuga de votos al HDP y rondar los resultados de hace cuatro años.

Selahattin Demirtas ha traído un nuevo aire a la política. Esto le ha ayudado a obtener el respaldo de grupos tradicionalmente alejados de los kurdos. Utiliza el sarcasmo y no la agresividad endémica de los políticos turcos. En la jornada electoral dejó la última prueba de su ya característico estilo: lanzó el voto con el mismo estilo que utilizó Egemen Bagis al vetar la investigación de la mayor trama de corrupción del AKP.

El HDP ha canalizado el descontento de amplios grupos sociales hastiados del modelo monolítico de los partidos tradicionales. Es, sin duda, el grupo de las minorías. Además, Demirtas ha sabido disociar a su partido del PKK. En Anatolia muchos aún consideran al HDP como la rama política del PKK. Tras los comicios, Demirtas agradeció a Öçalan su apuesta por la paz, pero también dijo que «ahora el HDP es de verdad un partido del Estado turco». Un doble mensaje que confirma su aprecio por el líder del PKK y la decisiva apuesta política por solucionar el conflicto junto a los otros actores del Estado.

Desde hace dos años y medio, el AKP ha dirigido en solitario el noveno proceso. Los tímidos avances del comienzo han dado paso a una constante provocación, especialmente aguda en los últimos meses. En uno de los muchos ejemplos de la escalada de tensión, los enfrentamientos entre Hizbulá –un grupo kurdo-suní apoyado por el Estado en los 90 para combatir al PKK– y los ciudadanos kurdos han reaparecido de forma intermitente.

Ayer, el viceprimer ministro Yalçin Akdogan, cuya función es demostrar que las negociaciones son imposibles, dijo que «el HDP solo puede rodar una película sobre el proceso de paz. La paz no viene solo diciendo paz. Si ellos obtuvieron el 13% de los votos tienen que llamar a Qandil y hacer que el PKK abandone las armas». La único razonable que dijo Akdogan es que con hablar no se puede solucionar el conflicto. El AKP y sus avances democráticos en el Kurdistán norte están estancados en las palabras. El PKK no podrá abandonar las armas hasta que concluya la guerra contra el Estado Islámico. Luego, si así lo decidiesen los diferentes grupos kurdos, habría que convencer a los partidos turcos de que la paz llegará con el reconocimiento de los derechos del pueblo kurdo, es decir, una descentralización. Por eso, el domingo Demirtas recordó que es necesario cambiar la Constitución, sin duda un reto de difícil consenso cuando las otras partes son kemalistas. panturcos y Erdogan.

Toda esta mezcla de intereses contrapuestos complicará el futuro de Anatolia. El HDP tendrá difícil encontrar el apoyo para archivar su autonomía si no se alía con Erdogan; el AKP está acorralado y puede tomar decisiones peligrosas; y los panturcos del MHP difícilmente reconocerán como erróneas algunas de sus ideas. A esto se une la evidente polarización social. Los musulmanes piadosos son despreciados por algunos turcos occidentalizados y los kurdos siguen generando desconfianza a pesar del apoyo electoral. Romper el hielo a base de derechos parece el camino elegido por el HDP, pero hasta qué punto podrá dilatar su rédito depende del otro 85% que no le votó.