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Supremacismo, hartazgo y solidaridad con el procés en Madrid


Ojalá que se vayan, que se vayan de España, ¡ojalá!», brama Marta, una mujer de unos 40 años, en alusión a los catalanes. Su proclama se registra frente a la gigantesca bandera española de 16x20 metros que colgaba en la fachada de la disco Teatro Barceló, el mismo club en el que un DJ días atrás tocó el himno español en plena fiesta. Marta venía de enzarzarse en una breve discusión con un joven estudiante de Ourense (Galiza), quien la aguijoneó con ironía al verla entusiasta tomando una foto de la bandera en la madrugada del sábado pasado. «Viva España, viva la corrupción, una y libre», dijo el joven gallego, a lo que la madrileña le respondió: «Pues claro, quiero una foto de la bandera de mi país, como debe ser, a pesar de que a muchos les moleste». «Volem votar (queremos votar, en catalán)», agregó con sarcasmo el estudiante, y una ya enfurecida Marta le responde que «ojalá que se vayan de España, ¡sí, ojalá!».

Esta pequeña charla, ocurrida frente a mí en las frías primeras horas del domingo pasado en las inmediaciones de una de las principales discos madrileñas, es una muestra del clima crispado y dramático con el que se vive el procés en la capital del Estado, adonde he venido desde Argentina para vivir durante un año por motivos académicos.

Como periodista e interesado particularmente en la realidad del Estado español, me colma la curiosidad de palpar cómo se vive y percibe el conflicto en Catalunya entre la gente común, la de la calle, la que soporta la tormenta mediática catalanófoba constante y la que no.

Siendo Argentina un país en el que los conflictos nacionalistas no existen –a lo sumo étnicos por los pueblos indígenas, pero que son minoritarios y brutalmente invisibilizados por la mayoría blanca de origen europeo–, esta coyuntura política me resulta peculiarmente interesante. Pero no debí esforzarme mucho al hurgar en el clima social. Apenas llegado, la comparación con mis anteriores visitas a la capital del Reino (2010, 2011 y 2015) me hace notar a simple vista que hay un nacionalismo reverdecido sólo con observar los balcones y las fachadas del centro madrileño.

Rebrote supremacista

No son decenas sino miles y miles las rojigualdas que cuelgan de los balcones de hogares residenciales, en sus versiones con o sin escudo real o con toros, y especialmente visibles en los distritos de clase media-alta y alta de Chamberí, Salamanca, Tetuán y Chamartín. Cuando le pregunté por esto a un amigo, me respondió que este tipo de exhibición no se había visto nunca, exceptuando los mundiales de fútbol. Pero no son las únicas: también flamean en algunos balcones, aunque en forma muy minoritaria, la bandera republicana y con suerte en los barrios más cosmopolitas como Lavapiés o Latina se verá alguna senyera y estelada

El drama con el que muchos residentes de Madrid viven el independentismo catalán trasciende de lejos el simbolismo de las rojigualdas. Si el tema no surge en la conversación, basta con citarlo y la opinión (a favor o en contra) se hace evidente al instante.

«Para nosotros esto es difícil de entender, fuimos criados en el racionalismo puro y esto (el nacionalismo secesionista) es apasionamiento puro. No se entiende cómo la izquierda, que era internacionalista, quiere crear más fronteras y hace alianza con Convergencia, que era la derecha de la alta burguesía catalana», explica María del Carmen, una abogada que vive en Chamartín con su marido y dos hijos, una familia de clase media típica de Madrid y que se opone tajantemente al derecho a decidir y a la secesión.

La conversación transcurrió en los días siguientes a la detención de medio Gabinete de la Generalitat y la partida de Carles Puigdemont a Bruselas. Alfonso –esposo de María del Carmen–, celebraba enfáticamente los encarcelamientos y, si bien es más proclive al PSOE, defendía el accionar del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. «Esto hubiera pasado igual, con o sin la pasividad de Rajoy; es una estrategia de hace años de los nacionalistas, una gilipollada surrealista que no tiene sentido», afirma con vehemencia.

El discurso supremacista –aunque muchos no se reconozcan como tales– salta en conversaciones casuales de forma constante, incluso en personas que se consideran progresistas. Visto con ojos del otro lado del Atlántico y poniendo atención, no es difícil observar cómo muchos (demasiados) ven a los catalanes nacionalistas como ciudadanos de segunda, cuyos reclamos no son equiparables a los de los españoles. Se invalidan sus razones, se les considera «tacaños» y «mentirosos» y se abusa de la generalización sin matices. En uno de los diálogos casuales con residentes locales, hasta he llegado a escuchar esta respuesta: «El Gobierno no miente, las mentiras son de un solo lado. Años y años con la misma cosa y estamos hartos, por eso los odiamos. Creo que si hubiera un referendo nacional para echarlos de España, ganaría por mucho echarlos».

Marcos es un abogado de 27 años que vive en las sierras del noroeste madrileño. Sus argumentos en contra del procés son especialmente legales, aunque es un buen ejemplo de cómo se cuela el discurso dominante de los medios unionistas en su relato. «Los catalanes tienen la mayor autonomía de Europa junto con el País Vasco y se siguen quejando», repite. Cuando se le pregunta si le parece que eso puede ser cierto en un Estado que no es federal y si Catalunya realmente tiene más autogobierno que Baviera o Flandes, apela al «lavado de cerebro de la educación nacionalista y a la vergüenza de la TV pública catalana». A duras penas admite el sesgo catalanófobo de TVE.

En el otro lado

Pero no todo es una furiosa oposición al secesionismo. Rubén, de 32 años, es ingeniero oriundo de Móstoles (la periferia sur) y si bien considera «grave» el conflicto en Catalunya, lo ve como una «cortina de humo». «Estoy harto del asunto porque creo que hay problemas más importantes, como los 40.000 millones de euros perdonados a la banca, el paro o la corrupción», explica.

«A la gente le gusta el salseo sobre Catalunya, todos opinan creyendo que tienen razón. En mi entorno, la mayoría cree que (los catalanes) tienen derecho a votar un referendo, pero en elecciones legales. Y si ganara el ‘Sí’ no me molestaría, solo quisiera que (la separación) esté bien hecha, porque sería muy compleja. Además, al decir Rajoy que no pueden votar, se consiguen cada vez más independentistas. Él es el mayor creador de independentistas», opina.

Cuando le pregunto si observa actitudes supremacistas del nacionalismo español en Madrid, duda unos segundos y responde: «Creo que sí lo hay, pero no es mayoría».

Los que apoyan la autodeterminación catalana, aunque con matices, tal vez sean minoría, pero hacen sus esfuerzos para hacerse oír. Hace dos semanas, de hecho, en la Plaza del Sol se celebró una manifestación organizada por la plataforma Madrileños por el Derecho a Decidir, en sintonía con las realizadas tras la represión en Barcelona del 1 de octubre. Hubo cientos de personas, pero en los medios locales la cobertura casi brilló por su ausencia.

Como argentino, me sorprendió el nivel de enojo y encono que encontré entre los madrileños con respecto a los catalanes. También el hecho de que no reconozcan los propios críticos del nacionalismo que sus argumentos apelan a un nacionalismo, a un nacionalismo que español. Me recordó la polarización brutal que vive Argentina desde hace más de un lustro y el discurso sin matices y mesiánico de los extremos. Y también me recordó un aprendizaje que se produjo allí: de los conflictos políticos profundos solamente se logra salir a través de las urnas.