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Brian Currin; calma y perseverancia sorprendidas por el modelo vasco

Una de las personalidades más significadas en el proceso vasco, Currin es quien puso voz y cara a alguna de las iniciativas internacionales más importantes.

Brian Currin, en Aiete. (Idoia ZABALETA | FOKU)
Brian Currin, en Aiete. (Idoia ZABALETA | FOKU)

Brian Currin (3-9-1950, Sudáfrica), abogado. Trabajó en Pretoria desde 1977 hasta 1987, especializándose en derecho laboral, derechos civiles y derechos humanos. En 1987 fundó la Dirección Nacional de Abogados para los Derechos Humanos, que desempeñó una función relevante en la lucha contra el apartheid. Por ese compromiso, su casa fue tiroteada en varias ocasiones y su familia amenazada de muerte. Participó en 1994, mandatado por Nelson Mandela, en el establecimiento de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, que jugó un papel crucial en la transición política sudafricana.

El proceso sudafricano dejó experiencias y protocolos que fueron alimentando una cultura de mediación de conflictos, un nuevo lenguaje con conceptos como diálogo entre partidos, verificación internacional, comisión de la verdad, justicia transicional, etc... Y quizá, también, una «industria». Brian Currin intentó aplicar las enseñanzas del proceso de paz de su país, salvando las diferencias y distancias, en Sri Lanka, Ruanda y Medio Oriente.

No es ningún secreto que la experiencia sudafricana inspiró y ayudó notablemente al movimiento republicano irlandés, y que fue clave en el proceso de paz de Irlanda. Currin dedicó trece años de su vida a ese afán. En 2000, fue mediador en el conflicto de los desfiles de la Orden de Orange por barrios de mayoría republicana en Portadown. Dejó esta responsabilidad en 2001, cuando los orangistas decidieron levantarse de la mesa. Así mismo, presidió la Comisión de Revisión de Sentencias en el norte de Irlanda que decidió sobre la libertad de los presos.

Ayudado por sus relaciones con el movimiento republicano y por las buenas prácticas que demostró en el proceso irlandés, desde el año 2004 Currin se fue acercando a Euskal Herria y se implicó en la labor de facilitar la búsqueda de soluciones y el éxito del proceso de paz. Tras casi quince años de trabajo y de dedicar una buena parte de su vida a Euskal Herria, en 2018 dio por terminada su participación y su mandato y se retiró a Berlín, ciudad en la que actualmente reside.

Durante esos años fue unos de los dinamizadores más activos de la Declaración de Bruselas de 2010, o de la constitución de los posteriores Grupo Internacional de Contacto y de la Comisión Internacional de Verificación para el desarme. Currin asumió riesgos, fue sometido a vigilancia por parte de los servicios de Inteligencia y advertido de que estaría cometiendo un delito y podría ser detenido, interrogado y enviado a prisión si, por ejemplo, recibía las armas de ETA. Incluso en cierta prensa, fue denostado al presentarle como un «mercenario» que se estaba enriqueciendo a costa de la sangre de otros. También desde ciertos sectores políticos fue atacado con acusaciones envenenadas, desde la de ser un «espía que coordinaba sus movimientos con ETA» hasta la de ser un «agente del imperialismo internacional».

Asumió riesgos, fue sometido a vigilancia por los servicios de Inteligencia y advertido de que podía ser detenido y enviado a prisión

Pero Currin consiguió, en esas condiciones de muchísima tensión y con momentos muy duros en los que parecía que todo iba a saltar por los aires, mantener la calma y ser perseverante. Supo seguir enfocado y no permitirse distracciones. Reconoció, no obstante, que en el caso vasco todos sus manuales, protocolos y experiencias anteriores habían sido superados, y de largo. Ocuparse de un proceso en unas circunstancias excepcionales, con un Gobierno que decía «no» a la paz y al desarme, buscar la manera de mantenerlo en marcha cuando se baila en solitario se convirtió en un desafío intelectual para él.

La encrucijada

Ante la negativa española, Currin barajó dos opciones. Una: como no había nada más que podía hacer, coger los bártulos y marcharse. Y dos, la que planteó a la izquierda abertzale: si decidía no continuar en el proceso, le estaría dando capacidad de veto al Gobierno español. Pero si se empezaba a ofrecer respuestas a los temas de una manera unilateral, a responder de una forma que no se esperaban, se abriría el juego de las oportunidades.

Conocedor de la cultura africana de mediación social y con una mentalidad anglosajona que prioriza el pragmatismo y el resultado final, a Brian Currin le costó entender la cultura latina, que, «en general, es más apasionada, vengativa, y más épica». Considera que la solución a elementos críticos del proceso, como el del desarme, fue algo extraordinario, ya que «la gente se apropió del proceso, arriesgó, se responsabilizó». Para él, refleja la especificidad de este proceso, y ofrece un modelo y una lección, «algo que con los años se estudiará en las universidades del mundo».


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