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La naturaleza no tiene intereses; 60 años de la tragedia de Vajont

Hace 60 años un monte se derrumbó y, tras caer en una presa, provocó una ola de 200 metros que destruyó el pueblo de Longarone, causando 2.000 muertos en pocos segundos. Fue una de las tragedias más grandes en la historia europea, fruto de una obra pública mal proyectada y mal construida.

La presa del Vajont después del derrumbe de 260 millones de metros cúbicos. (Wikimedia Commons)

Tenía que garantizar energía eléctrica para todo un valle y se convirtió en un instrumento de muerte masivo. La presa de Vajont colapsó después del derrumbe de una montaña hace 60 años, el 9 de octubre de 1963. El agua que se conservaba en el embalse se transformó en una auténtica bomba que aniquiló un pueblo entero, Longarone, transformándolo en un montón de cenizas y una enorme tragedia humana: casi 2.000 muertos.

Fue el resultado de una obra pública mal pensada y mal realizada, con consecuencias gravísimas para el medio ambiente. Muchos sabían que antes o después aquel «monstruo», encajado en un valle pequeño debajo del monte Toc, que en el dialecto local significa «podrido», y que en ningún caso podía aguantar tanto caudal, iba a crear más problemas que beneficios.

Lo pagaron todos los habitantes de una ciudad que hoy día todavía lleva el mismo nombre de antes, Longarone, pero que ya no es la bonita localidad anterior a aquel 9 de octubre. Quienes han sobrevivido, poquísimos, han intentado mantener la memoria y el recuerdo. Alguno ha vuelto allí, incluso desafiando a las autoridades; otros, la mayoría, tuvieron que desplazarse a otras ciudades, fuera de casa, con ayudas económicas que a menudo acabarían en borracheras para olvidar. Y las condenas para los responsables fueron muy leves.

La historia de Vajont es algo tremendo, no solamente para Italia, sino para todos, cada vez que, de alguna manera, retamos a la naturaleza.

«Una piedra ha caído en un vaso de agua»

Los hechos: aquel miércoles, ya de noche, exactamente a las 22.39, una enorme masa de 270 millones de metros cúbicos de tierra, piedras y árboles, de una longitud de dos kilómetros, cae a 75 kilómetros por hora a las aguas del embalse de la presa del Vajont. Prácticamente todo el Monte Toc ha decidido venirse abajo en 20 segundos. El impacto crea una ola gigantesca, de 200 metros, que se divide en varias direcciones pero, sobre todo, se precipita hacia el pueblo de Longarone, donde la población está durmiendo o pasando el tiempo en los bares del centro.

Muchos en la coqueta Longarone, «la pequeña Milán» como se la apoda, están viendo el partido de Copa de Europa entre el Real Madrid y el Glasgow Rangers. De repente la luz en el local se apaga y los clientes empiezan a protestar pensando directamente en otro cortocircuito provocado por algo allí arriba, en el embalse, que en los últimos años ya ha creado unos cuantos problemas.

Los vecinos notan esa noche un violento viento, luego un olor irrespirable, y en segundos son arrastrados o simplemente convertidos en cenizas por la riada que ha arrasado con todo

 

Sin embargo, cuando salen a la calle notan que un violento viento ha empezado a soplar, algo no tan raro en octubre y en la montaña. Pero algo no cuadra: no es como antes de una tormenta, no son ráfagas, sino un crecimiento continuo, extraño, que sigue aumentando de fuerza, llevando al mismo tiempo un olor irrespirable de algo podrido o putrefacto.

Xilografía de Longarone en 1894. (Le Cento Città d'Italia / Wikimedia Commons)

Muy pocos se han dado cuenta de lo que está ocurriendo y empiezan a escapar corriendo. Se trata del movimiento del aire provocado por la ola que ha salido desde el embalse. Lo que se ha formado es como un gigantesco embudo, una corriente que anuncia la llegada de algo mucho más grande: 25 millones de metros cúbicos de agua, totalmente sin control, que corren a toda velocidad en el interior de un valle que es además muy estrecho. Y no lo hacen en silencio, sino con un estruendo colosal, propio de una peli de ciencia-ficción sobre el apocalipsis.

De hecho, es el fin del mundo. En escasos cuatro minutos la ola de agua llega a Longarone con una fuerza calculada de dos veces la de la bomba atómica de Hiroshima en 1945. Lo que pueda provocar una fuerza de este tamaño es fácil de imaginar: no es solamente inundar y arrollar a un pueblo, destrizándolo de un segundo a otro, sino destruir casas, edificios y personas como si no hubiesen existido nunca.

En un instante mueren, aunque el número nunca ha sido confirmado oficialmente, 1.910 hombres, mujeres y niños: casi la totalidad de la población de Longarone. Un cuarto de las víctimas no podrá ni recuperarse ni identificarse, porque los cuerpos directamente desaparecen. Son cálculos hechos a partir de los registros y testimonios de quién está y quién no en el pueblo en ese momento, y es una cantidad espeluznante.

La ola principal sigue su recorrido sin parar hasta entrar en el río Piave, perdiendo la fuerza en el impacto. Al mismo tiempo, las otras dos olas que habían salido del Vajont afortunadamente solo han rozado los otros pueblos de más arriba, Erto y Casso, provocando daños que no son comparables a los de la vecina Longarone.

Los socorristas, cuando llegan, creen que ha caído un asteroide: las carreteras destrozadas, las comunicaciones cortadas, el paisaje devastado y un pueblo entero convertido en cenizas.

«Os escribo desde un lugar que ya no existe», escribe en ‘La Stampa’ Giampaolo Pansa, en una crónica que hoy se estudia en los cursos de periodismo

«Os escribo desde un lugar que ya no existe», serán las primeras palabras del artículo para el periódico ‘La Stampa’ de Giampaolo Pansa, por aquel entonces joven redactor antes de ser un mordaz analista político. Palabras que se estudian de memoria en los cursos de periodismo, igual que las de Dino Buzzati. Este último no fue solamente periodista, pintor y escritor (‘El desierto de los tártaros’) sino que también era natural de Belluno, a 20 kilómetros de Longarone. «Una piedra ha caído en un vaso lleno de agua y el agua ha rebosado sobre la manta. Ya está. El vaso era cientos de metros de alto y la piedra era grande como una montaña y abajo, sobre la manta, había miles de criaturas humanas que no se podían defender», escribió en el ‘Corriere della Sera’.

El fin del «milagro económico»

Vajont había sido una obra maestra cuando fue construida, entre 1957 y 1960. Por aquel entonces era la presa más alta del mundo, con sus 261,5 metros de altura. Hoy en día, aunque no se utilice, es todavía la séptima más grande. Italia estaba en la cumbre del «milagro económico»; así han llamado los analistas a aquel periodo después de la segunda posguerra, que acabaría, siempre según algunos historiadores, exactamente después de la tragedia de Longarone.

El «milagro económico» había llevado a las casas, y en general a la vida de las personas, objetos que antes no eran considerados esenciales como la televisión, el coche o el frigorífico: era el apogeo del consumismo, que había transformado una sociedad de por sí agrícola y rural en otra más industrial, con las provincias lejanas vaciadas para proporcionar miles de obreros a las grandes empresas del norte. Y la construcción de Vajont sirvió para alimentar de energía eléctrica al entero valle del río Piave, que llega desde Venecia a los Dolomitas.

Los técnicos sabían que estaban caminando sobre el filo de la navaja; ya había habido otro derrumbe tres años antes

Erto, Casso, Longarone, Ponte delle Alpi: aquella aldea que une la región de Veneto con la de Friuli-Venezia Giulia era perfecta para proyectar aquella presa. Ya en 1960 otro derrumbe del monte Toc había provocado miedo pero ninguna tragedia. De todas formas, se sabía que, antes o después, el suelo, devastado por las obras públicas, iba a decir «basta», como cuando el diente del niño empieza a moverse y seguramente está listo para caer. La naturaleza manda. Tres años después, el colapso, cantadísimo. Los técnicos que vigilaban la presa y el embalse sabían muy bien que estaban caminando sobre el filo de la navaja.

La presa del Vajont pocos meses antes de la tragedia. (Wikimedia Commons)

Para los sobrevivientes empezaría otro infierno más. Después de haber perdido todo, el Estado italiano les iba a echar de su casa y de sus entornos, con una ayuda económica como parche. Muchos se fueron a Venecia, otros a Milán, totalmente fuera de su entorno. Solamente unos pocos valientes consiguieron volver sobre todo a Erto y Casso, hoy en día un único pueblito, robando la electricidad y ocupando de nuevo las casas vacías.

Hay escritores, como Mauro Corona, que siguen manteniendo la memoria, o el actor Marco Paolini con sus espectáculos de «teatro civil». Y, sobre todo, la sobriedad emocional de aquella gente de montaña partícipe de un desastre y de sus consecuencias. La Longarone de hoy, que ha celebrado el 60 aniversario de la tragedia con la salida de una etapa del último Giro d'Italia, no es la «pequeña Milán» de antes, lugar coqueto para que los burgueses pudiesen ir de vacaciones. Es otra cosa, pero con el mismo valor, el mismo respeto que provoca haber sido el teatro de un desastre de semejantes proporciones.