Tras las elecciones, Bélgica más dividida que nunca entre flamencos y valones

Bélgica reflejó una división inédita en las elecciones legislativas del domingo, en la que Flandes se inclinó aún más por la derecha mientras las regiones francófonas optaban por la izquierda, con un declive general de los partidos tradicionales.
Aunque el Flandes neerlandófono vota tradicionalmente a la derecha y Valonia a la izquierda, nunca hasta ahora los partidos más extremos habían obtenido tantos diputados. Sobre un total de 150 escaños, la ultraderecha del Vlaams Belang consiguió 18 mientras el PTB de izquierdas logró 12. Junto a los verdes de Ecolo-Groen (21 diputados, 9 más), avanzan en detrimento de formaciones históricas –socialdemócratas, democristianos y liberales– debilitados en la triple votación al Parlamento federal, a los parlamentos regionales y a la Eurocamara.
En teoría, las familias socialdemócratas (29 diputados), liberales (26) y ecologistas podrían conseguir una mayoría que ya se ha dado en el país. Pero, además de los compromisos potencialmente complicados en cuanto a proyecto (sobre todo en torno a la fiscalidad) este pacto plantea un problema de equilibrio. Debería apoyarse en partidios minoritarios del grupo lingüístico neerlandés y chocaría con la aspiración de los nacionalistas flamencos del N-VA de mantener un papel central en el plano nacional. El N-Va fue la primera fuerza política de Flandes, con 25 escaños. Esta situación puede convertir a Bélgica en ingobernable durante algún tiempo.
El presidente del N-VA, Bart De Wever, ha excluido un futuro gobierno que no se base en una mayoría de votos flamencos. De Wever cuestionó además un pacto con la izquierda francófona. «¿Cómo voy a trabajar con gente que nos tratan como medio nazis?», señaló en referencia a las acusaciones de xenofobia.
En 2010-2011, Bélgica ya vivió 541 días sin gobierno en ejercicio, aunque algunos analistas no creen que ahora se llegara a tanto.
El N-VA ha sido señalado como responsable del aumento de la extrema derecha por haber banalizado el discurso antiinmigración durante su gestión de la llegada de refugidados en 2015, y por haber servido a la agenda de Vlaams Belang.
«La gente prefiere el original a la copia», opinó un exministro socialista. A ello se añade el sentimiento en Flandes de vivir en un islote de prosperidad y de superioridad cultural, «amenazado» por el exterior y sobre todo por una Valonia con peor salud económica.

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