Jaime IGLESIAS

«Losers» frente al abismo

El infierno existe y es lo más parecido al paraíso. Pocos lugares tan apacibles como una pequeña comunidad rural de Carolina del Norte pueden encerrar tal grado de depravación y sordidez. Con una prosa adelantada a su tiempo, James Ross (1911-1990) publicó en 1940, «Mal dadas», una novela proscrita que acaba de ser editada por primera vez en castellano.

Setenta y cuatro años después de su publicación, «Mal dadas» sigue siendo el único testimonio literario que ha trascendido de un autor maldito como fue el estadounidense James Ross. Y tampoco es que su repercusión haya sido, en todos estos años, la justa y necesaria como para erigirse en un pequeño clásico o, cuando menos, en una obra de culto, lo cual no deja de sorprender. No sólo por las extraordinarias calidades literarias que atesora esta novela, ni por su áspera severidad a la hora de evocar un escenario y una época de la que se nutrió buena parte de la mejor literatura norteamericana del siglo XX (los años de la Gran Depresión que inspiraron, por igual, el alumbramiento de la «novela negra» y la reformulación de la gran literatura social), sino que su escasa notoriedad asombra ante los elogios que, en el momento de su publicación, «Mal dadas» (originalmente «They don't dance much» cuya traducción literal es «Ellos no bailan mucho») recibió por parte de autores como Raymond Chandler o Flannery O'Connor, figuras indiscutibles de la literatura estadounidense.

Claro que, en ambos casos, se trata de autores cuyo estatus se consolidó muchos años después de su época de mayor producción literaria, ya que la crudeza de sus narraciones y, sobre todo, la renuncia a conferir a éstas una dimensión moral reservando a sus protagonistas posibilidad de redención alguna, no estaban muy en consonancia con cierto puritanismo que aún lastraba la sociedad norteamericana de los años 40 y 50.

A este lastre se refirió otro ilustre maldito de las letras estadounidenses, George V. Higgins (1939-1999), autor, entre otras, de «Los amigos de Eddie Coyle» o «Mátalos suavemente», en las reflexiones que en 1975 realizó a cuenta de la reedición en EE.UU de «Mal dadas» y que han sido incorporadas, a modo de epílogo, en la primera edición en castellano del texto de James Ross, publicado recientemente por Sajalín. Según Higgins, «cuando el novelista se doblega ante el convencionalismo y aparta la mirada, la mirada del lector también se aparta a la fuerza (...) Aquí lo importante es que Ross estudiaba el vacío (...) Al forzar hasta donde pudo los límites que existían entonces, arrojó una luz considerable sobre el cristal oscuro por el que el lector ve el abismo antes de dar un paso atrás». Es decir, por una parte James Ross construyó un relato adelantado a su tiempo, de ahí el escaso eco alcanzado, pero también una obra incómoda que lejos de generar empatía y complicidad con el lector, confronta a éste con las pulsiones más turbias y repulsivas que anidan en el alma humana, todo ello localizado en un ambiente de hostilidad máxima y de podredumbre moral extrema.

Visto así, es comprensible que «Mal dadas» haya conservado un estatus de novela proscrita. Porque no se trata sólo de su carencia de asideros morales desde los que satisfacer al lector, tampoco hay una intriga criminal propiamente dicha que centre el interés de un relato cuya fuerza radica en la presentación de la violencia como un hecho consumado y cotidiano en el devenir de los habitantes de un remoto pueblo de Carolina del Norte donde todos se conocen y, por eso mismo, se odian en secreto, ambicionando para sí la suerte de los demás.

La historia arranca cuando Jack McDonald, un joven granjero desahuciado indiferente a su suerte, acepta vender sus escasas propiedades para saldar sus deudas y entrar a trabajar en el salón de carretera de Smut Milligan, un embaucador de postín que mantiene su local como tapadera de timbas clandestinas y venta ilegal de alcohol con la connivencia de unas autoridades locales, impasibles y corruptas. La descripción de este universo provinciano, sórdido y depravado pero donde, a su vez, prima una extraña camaradería que podría traducirse en la máxima «vive tranquilo y ocúpate exclusivamente de tus asuntos», rezuma tanta fuerza y tanta dureza como universalidad.

En su descripción, James Ross viene a mostrarnos cómo debajo de esa aparente quietud que define los ambientes bucólicos del mundo rural se cuece algo parecido al infierno en la tierra y lo hace apostando por un estilo desabrido tendente a la irreverencia que le hace llamar a las cosas por su nombre, plasmando en su escritura la jerga propia de quienes habitan ese universo: gente vencida, inculta, recelosa, racista, vil y huraña; carne de cañón, en definitiva. De ahí la hiriente honestidad de un relato cuya capacidad para generar turbación en el lector, resulta del manejo de unos códigos que, años después, serán los que utilice, con singular maestría, Jim Thompson, responsable de conducir al género negro a sus máximas cotas de paroxismo. En este sentido también cabe atribuirle a la novela de James Ross, un carácter pionero.

En esa sensación permanente que nos invade de estar ante el abismo, a la que se refería George V. Higgins cuando disertaba sobre esta novela, ni siquiera un asesinato, cometido de la manera más espeluznante, y explícitamente reconstruido por el autor, es capaz de sacudir nuestra atención de un modo excepcional, asumiendo que tal hecho no es sino la consecuencia lógica y previsible de las tensiones no resueltas sobre las que se forja la singularidad de una obra donde la depravación adquiere rasgos de rutina, hasta llegar a un desenlace que tampoco resulta conclusivo, en la medida en que se admite como un episodio más en el devenir de unos personajes sentenciados de antemano.

Por todo ello «Mal dadas» se asume como un perturbador cruce entre los universos de John Steinbeck y el de los pioneros del «hard boiled», donde se nos confronta con las miserias y la estulticia que se fraguan al calor del dinero o, mejor dicho, de la falta del mismo, más allá de otras consideraciones espirituales, morales o filosóficas. En sus páginas, la figura del «loser» (tan querida y tan despreciada, a partes iguales, en la cultura estadounidense) alcanza estatus de paradigma.